Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Ruido de sombra

Nada sino las sombras del domingo. Ruido de imágenes falsas. Ruido de domingos, A veces, la violencia con que las sombras se arrebatan el contraste. Pero de ti… ni rastro.

Tal parece, criatura, que te has extraviado en la ciudad. tal parece que has salido a caminar y de pronto, olvidaste por dónde habías llegado, o de dónde venías. De atrás, sí, ¿pero de dónde?

Qué triste debe ser (muy en el fondo) pronunciar tu apellido con la misma emoción con la que digo puerta, punto, escaleras, matemáticas… Las matemáticas son simples (y hermosas). Esta belleza es fría, dura, absoluta… como un número. Qué triste.

Ruido de sombras compactas. Ruido de sombras imposibles. Ruido de sombras. De ti nada. Porque quizá ya no eres una sombra. Quizá nunca lo fueras. Porque las sombras no existen. Tú, sin embargo, sí. ¿O no? ¿No eras tú quién decía?:

La ciudad es inmensa, me da miedo. Yo la conozco toda, desde el deshuesadero hasta la torre. desde el barrio más pobre del margen más remoto… hasta los sitios más inaccesibles y exclusivos. Yo conozco la suerte de sus túneles, sus caminos aéreos. Ésta es la ciudad de los contrastes. Y yo siento que un día voy a perderme aquí, que empezaré caminando y  seguiré caminando hasta no recordar de dónde vengo. Nadie podrá decir, a ciencia cierta, si me vieron pasar por esta calle, nadie sabrá que estuve, si es que estuve, esperando el camión en esta esquina. O dirán que me vieron deambulando, preguntando la hora  desde los parques, preguntando por ella en otro idioma… dirán que estuve, que avancé, que pasé…. sin ninguna certeza. Y ésa tendrá que ser toda la historia que se pueda contar de mi persona: “Se fue. Se la tragó la tierra.” Pero eso, todavía no ha sucedido.

Tal parece, criatura, que te hemos perdido en la ciudad.


De lirio cobra

El hombre de mis sueños era, en realidad, una planta. Era una planta de esas que devoran carne.

Se ponía un disfraz todos los días.

Una noche lo hallé tendido sobre una roca. Dormía tranquilísímo, quietísimo… Me dio mucha  ternura, parecía una serpiente satisfecha.

Entonces lo besé. Y lo besé y lo besé. Y sus labios se abrieron igual que pétalos prevenidos. Yo me  sentí un insecto entre sus dientes.

Me sentía como una mariposa que le abría sus muslos

Relaciono estos sucesos desde su estómago de planta.


Lo supuesto

Cada vez que te deje sobre alguna estación, sentiré que abandono la vida que he tenido, y a la mujer que no volveré a ser.

Lloro porque comprendo que todavía no he muerto demasiado, que jamás morirás lo suficiente, en mí.  Ya ves, me pierdo. Me amparo en la ciudad, otra ciudad, para que no me sigas y me encuentres, o para que no tengas que fingir que no me reconoces. Tal vez debí jugar la ultima carta… pero, ya recordé, ya no tenía. Nunca he sabido ahorrar.

Supuestamente nunca me quisiste. 

Supuestamente, ya no te quería…

 


Delírium Trémens

Hay quienes dejan toda la ternura por el fantasma de algo que ellos mismos mataron. Alguien, algo. A veces. Pero eso a los muertos no nos importa. Nada. Nunca. Siempre.

Tuve yo un novio, ¿sabes? y lo quise mucho, mucho lo quise. No más que a otros, sí, pero lo quise, a mi modo preferido. Quizá por el motivo con que se presentó, quizá por la envoltura que traía… o por lo que decía la etiqueta al momento de adquirirlo: “No restituible” “No está a la venta, váyase”. Y yo estaba dispuesta a empeñar hasta mi alma para poder tenerlo. Pagaría cualquier suma desorbitada por un capricho así. Pero no. No valía ni la punta de mi tos, no costaba ni una  de mis décimas muertas, fracturadas postmortem. Virgen, soltera, líquida. Anoréxica. Y él. Articulo de novedad, de hace como mil años, dentro una vitrina que algún desmemoriado se olvidó de vaciar y rellenar con nuevas chunches. Ahí estaba, como un objeto de deseo que nadie quiere, como-un indispensable para una era obsoleta. Que nadie comprende. Que nadie necesita. Salvo ella, que también es nadie. Para seguir quemándose. Un edificio sin demoler. Lleno de sombras, bichos y murciélagos. Protéjase del sol en esta ruina de nombres. Entierre aquí su nombre.  Inaugure su fuego.

Pero siempre lo supe. No sé por qué me extrañó al último (primero). Es raro.
Ciertamente sería algo muy triste, claro, si no me diera tanta risa. Quizá hasta dolería si no me pareciera tan ridículo, tan divertido. ¿Qué te estaba contando? Ah, sí, tuve yo un novio. Y lo quise mucho. Podía comer helados y helados sin que me  consumiera por la urgencia de expulsarlos cuanto antes de mi cuerpo. Mi cuerpo extendido, regalado. Creí que era la cura de mi bulimia nerviosa. Creí, no creí, da lo mismo. Nadie te cura de nada. La medicina es una ciencia falsa. La primavera no existe, es el Delírium Trémens de los condenados. Los condenados al invierno, los condenados al otoño (que tampoco existe, más que la remebranza… de lo que nunca será). Los condenados a su propio abismo, es decir, ése que construyeron para encerrarse allí con sus demonios.  Pero eso a los muertos qué nos puede importar.