Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Lo irreconciliable

Carlos, si en algún hemisferio de este basto infinito te encontrases mi alma, por favor, recuérdale lo mucho que te amé. Lo que vieron mis manos cuando abriste las tuyas. Convéncela de que hubo antecedente,  que hubo tanta vida para tanta muerte. Recuerdame lo mucho que te amé.

Quiero que seas testigo de mi última explosión. Perdóname.

Quiero que quedes libre de mi apéndice.

Si encontrases mi alma, o sus pedazos, por favor, reúnela, recógela. Que se coman los ecos su epidermis, pero que nunca lo sepa. Y permítele entrar, o salir, lo que sea, cuando sea. Mientras se pueda, dile. Dile que se acabaron de exprimir las ciudades, dile que terminaron de quemarse los barcos, sus reliquias, sus puentes, sus ruinas y sus triángulos. Dile que es tiempo, dile que es necesario. Recuérdale lo mucho que te amé.

¡Carlos! El amor  verdadero tiene nombre. El amor tiene un nombre verdadero. El amor y su único pronombre.

Tú, nada más y tú, lo único que pude rescatar de esta hendidura, liberándote.

Tú, toda luz, y toda oscuridad, en un solo poema: Lo irreconciliable.

Madame X

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Lo irreparable

¿Recuerdas esos días, Aída? Días inútiles entre paredes mohosas e ideas que se quedaron agolpadas (quién sabe). En la tinta de no sé qué principio. De la pluma sin fechas. Color invisible. Temperatura de ansias y calor invisible. Chocolat. De la pluma sin fechas…

Jugabas a la química de los encuentros. Ardías. Todavía no existías pero ardías. Suponte. Imagina.  Qué difícil poder imaginarte. Tejiendo. Años de clorofila sin desinfectar, dijiste. Y pusiste el amor en una de esas. Capsulas de porcelana para que durara. Para que dure, dijiste. Para que resista. Lo calentabas la noche con la flama pequeña de una, más pequeña, lamparita de alcohol a fuego lento. Lento. Fabricabas milagros con la materia prima del suspiro. Aída, ésa era tu idea del amor perfecto. Para que dure, dijiste. Todavía creías que podía arder por siempre.


Una carta, un no poema, nuestras canciones y esta despedida

Carlos:

Te presiento de nuevo en la balanza, en eso que tú dices que es como un columpio del que no acabas nunca de bajarte. Te presiento impotente ante tu libertad y tus recuerdos, cansado de no tener perro ni dueño, cansado al mismo tiempo de tenerlos. Espero que estos sean presentimientos míos, nada más alejados de la realidad. Espero haber perdido aquella conexión y ahora sí, ahora sí reinventarnos dentro de nuestros limites, traspasar nuestros límites sin tener que dañar lo que nos une y lo que nos separa.

Carlos, fuiste lo más perfecto y más odiado por mis instintos, fuiste lo más deseado por mis presagios. Até mis esperanzas a mi nombre. Me compuse otros nombres para evitar nombrarte. Solté mi libertad para que la tomaras sin darme cuenta aún del daño que te hacía, del dolor que me estaba procurando. Perdóname por favor. Fue mi culpa y nunca fue mi culpa. Quizá no había remedio. Quizás fuera éste el plan desde el principio. Nunca quise quererte de una manera tan equivocada. Tienes que recordar que fuimos unos niños descubriendo el presente.

Yo nunca hubiera entregado mi cuerpo a alguien que no fuera capaz de desnudar mi alma. Quizá nunca te tuve la suficiente confianza. Quizá fuimos más sueño, más poesía, más esperanza, más energía que verdad. Tal vez no, quizá después de todo ya tampoco importa.  He dejado los restos de mi infancia, mi piel no es lo que era cuando tú me quisiste, mi cara tiene el tono de otras épocas, mis facciones se han aseverado mucho. Me descubrí más muerta y más resucitada que nunca. Contigo supe ver lo que no es el amor. También lo que sí ES.  Carlos, tú ser es una bendición.

Mi escritura ha cambiado. Ya no somos los mismos, es cierto. Las mujeres que amas tampoco son las mismas, ni volverán a amarte a tiempo que tú así lo decidas. Tú lo dijiste, debemos aprender a dar sin aprehensión, sin restricciones, sin previsión ni horarios, sin esperar nada a cambio. Y eso, eso precisamente es lo que intento hacer ahora.

Te libero de todas las raíces que pensaron tocarte de este mi corazón elástico que tanto acariciaste con tus cartas, éste mi corazón de mandrágora dulce. No espero verte más, tampoco estoy negando cualquier hecho. La vida es lo que es y nadie puede ir en contra de eso. Somos presente, somos sol, arena, mar…. somos esto. Siempre fuimos y seremos esto: esto que nos visita, esto que nos desnuda… esto que nos transforma. No espero más de ti ¿Cómo podría si me has dado el regalo más grande del mundo? El amor. La libertad, por supuesto.

Voy a dejar de hablar del corazón, te lo prometo, voy a dejar de hablar de todo esto, este músculo  frágil que se volvió de hule, que se volvió de goma para evitar romperse, para que no escucharas el crujido asfixiante de sus gritos, que se volvió silencio para no ensordecerte… que tanto empeño puso en deslumbrarse ante toda mirada que volvía…  para no hacerte daño con mi melancolía.

Creo en ti, creo en tu mundo. Aquí hay un abrazo esperando a que bajes de tu columpio, por si decides volver y caminar aquí… sobre el suelo mojado que pisan los mortales. Si no fuera así, si quisieras al fin dejarlo todo y te soltaras, y volarás más lejos, más allá de ti mismo, si prefirieras esa levedad.. si crecieras al limite, si evaporaras todo lo que fuiste… yo sería feliz sabiendo que me amaste, sabiendo que te he amado y nunca te olvidé. El abrazo va a ti, pegado a ti,  como si fuera parte de tu ser. En este punto es imposible revertirlo.

Adiós, Carlos. Hasta siempre. Te amo.


No hay poemas previstos para este mes de enero

No existe nada,  o casi nada (casi nunca) que nos sorprenda más que lo imprevisto. Aunque yo he aprendido a sorprenderme de las cosas sencillas,  sé que es fácil decirlo y no me encantaría que todos me creyeran, tal vez se necesita práctica, o quizá sólo un poco de atención, tal vez sólo se necesita que un viento muy fino sople en tus ojos para que te des cuenta de todo lo que había más allá y que, además, no todo  está tan lejos. No todo el tiempo es todo inasequible, hay muchas otras cosas a tu alcancé. Hay muchas ilusiones hechas certeza que puedes comprimir,  prenderlas a tu corazón como un recordatorio de que la vida es más que respirar y al mismo tiempo no hay nada más hermoso que una vida sencilla (tal como respirar)  Pero no me desvío del asunto,  te hablaba de las maravillas cotidianas que se repiten a diario. A unos nos parece que  son siempre las mismas. Y ya vi que no es así.

Querida Aída, ayer conocí una chica en la entrada (salida) de los viveros, yo pensaba decirle que el agua de los contenedores no era adecuada para lavarse las manos pero cuando me di cuenta ya se la había echado encima. Me miré al espejo tratando de apagar el calor que recorría mi cuerpo a causa de la carrera.  Ella me preguntó si sabía qué equipo de futbol  había ido a entrenar ahí esa tarde. Yo le dije que no sabía. Me volví para verla, era blanca como un alcatraz y su cabello era castaño como el de una muñeca de porcelana china, y sus ojos, también castaños, emanaban una extraña tristeza de la que, me pareció, anhelaba zafarse. Me preguntó si llevaba mucho tiempo entrenando, le sonreí y le confesé de mi inconstancia. Casi me suelto a platicarle de ti. Pero no, dijo que padecía un problema cardiaco, lo que me recordó la última vez que te vi en el hospital y me contuve. Se despidió cortesmente y cada una tomo una ruta distinta.. Ojalá vuelva a verla. Sería más divertido caminar a su lado descubriendo las hojas traídas por los remolinos, que ir borrando las huellas de Darío simulando dejar cada momento atrás,  avanzando más rápido cada segundo hacia ninguna parte.

Querida Aída,  estaba tan enviciada en reciclar las nostalgia de otras estaciones  -con el pretexto de ir a pintar un cuadro de ciudad-. Se necesitan grises para pintar una ciudad en un lienzo. Pero será mejor si ponemos colores sobre las grises realidades de los muros, no lo crees? Creí que no se podía escribir sobre otra cosa que no fuera el amor, aunque no lo conociera, de Darío, aunque no lo conociera; o para Carlos, aunque estuviera fuera de mi alcance.  Y le sigo escribiendo, lo sigo amando tanto y eso no cambiará.  Pero es que aún queda mucho por decir que no sé porque a veces nos obstinamos en una maravilla, y no nos damos cuenta de que nuestra atención desmedida la desgasta, la erosiona, la va enterrando  poco  a poco en un absurdo tedio. Así es, la maquina de la monotonía aplasta hojas de invierno, y seguimos pensando en esa cruel catástrofe cuando ya es verano. ¡Tremenda estupidez! No me había percatado de lo innecesario de ello.

Hay un paso, literalmente, un paso /entre el hecho de un día detenerse  a contemplar el mundo desde un punto fijo /y quedarse estancado.

Cada nostalgia tiene su propia historia. También una alegría alternativa. Cada momento presente trae su propia verdad y una revelación que, si tu quieres, te deja en el camino con una amplia sonrisa que no puedes, ni debes,  combatir. Es como enamorarse. Cuando uno se enamora todo lo vez más limpio, más extenso y más lindo. Los colores parecen más brillantes y uno llega a convencerse de que efectivamente es así.  En realidad habría que enamorarse de esos colores, de esas hojas y de esos aromas. Yo me enamoro de una dulce muchacha que me sonríe en el metro y me pregunta la clave de mi perfume. Ella no sabe que desde hace tiempo dejé de usar perfume pero igual le sonrío y le digo que es el mismo que ella lleva puesto.  Ninguna fragancia, por más síntesis que haga de un millón de sustancias podrá igualar tu humor, Aída, cuando sonríes, o lloras de esperanza, y te bañas de amor.

Así  es que, te digo, no hay poemas previstos para este mes de enero. Posiblemente, ahora hasta Darío pueda dormir de mí sin preocuparse de mis cartas, o de mis fantasías voluptuosas.  Por fin podrá tomarse unas largas vacaciones lejos de ésta, mi mente loca.  Felicidades a Darío por existir.

Los poemas se escriben cuando no hay mejor forma para decir las cosas. Creo que vienen, se anuncian horizontes, tantos momentos únicos y tantas maravillas… que algunas no podremos escribirlas, tendremos que conformarnos con VIVIRLAS, con leerlas, con acariciarlas.  Vendrán cartas, vendrán avisos, algunas crónicas confusas, pero poemas no. Ya no tendremos que preocuparnos por una metáfora, por una métrica imposible de lograr, por esa alma reiterada empecinada en perdurar por siempre. Podremos levitar y contemplar la noche… al día… a la hora más alta desde le punto más alto…  y abrir grandes los ojos y seguir soñando.