Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Lo irreconciliable

Carlos, si en algún hemisferio de este basto infinito te encontrases mi alma, por favor, recuérdale lo mucho que te amé. Lo que vieron mis manos cuando abriste las tuyas. Convéncela de que hubo antecedente,  que hubo tanta vida para tanta muerte. Recuerdame lo mucho que te amé.

Quiero que seas testigo de mi última explosión. Perdóname.

Quiero que quedes libre de mi apéndice.

Si encontrases mi alma, o sus pedazos, por favor, reúnela, recógela. Que se coman los ecos su epidermis, pero que nunca lo sepa. Y permítele entrar, o salir, lo que sea, cuando sea. Mientras se pueda, dile. Dile que se acabaron de exprimir las ciudades, dile que terminaron de quemarse los barcos, sus reliquias, sus puentes, sus ruinas y sus triángulos. Dile que es tiempo, dile que es necesario. Recuérdale lo mucho que te amé.

¡Carlos! El amor  verdadero tiene nombre. El amor tiene un nombre verdadero. El amor y su único pronombre.

Tú, nada más y tú, lo único que pude rescatar de esta hendidura, liberándote.

Tú, toda luz, y toda oscuridad, en un solo poema: Lo irreconciliable.

Madame X

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Lo inefable

Si permites que el odio crezca en el corazón de la persona que amas, entonces no la amas. Entonces no me amaba. Bien.  Dilema resuelto.

Llovieron enes y emes toda la noche. La garganta se seca pero es por la ceniza del volcán en su alerta amarilla. Sin amor no hay infierno.

Aída Nielsen D. murió viendo las nubes de Québec una mañana de marzo de 2012. Sus ojos se dibujan como dos lunas claras. eclipsadas por su iris tornasol, y uno de mis recuerdos ondulantes, rota ella, roto todo lo que nos era personal y conocido, le escribí una canción que no pude cantarle. Recuerdo los momentos de su muerte y su estatura antigua. Ella empezó a morir a los dieciocho años. Ella me quiso, no sé por qué.

Ella me quiso. No sé si fue su nombre verdadero. Porque de muchas vidas la recuerdo ahora. Porque no la recuerdo. Yo veía en su forma de bailar a una niña prohibida de labios tan azules. Se los pintaba de rojo con tintura vegetal. Me decía que los labiales industriales tenían plomo pero no me importaba. Si alguien, alguna vez, mereció mi sonrisa, ese alguien fue Aída. Nada más.

Siguen lloviendo enes y no puedo llorar. No puedo escribirle como si aún viviera y me leyera la mente, los párpados. No creo que le alegrase mi anorexia y mi obsesión por E.

No me cuadran las fechas ni los nombres. Nunca me interesaron las fechas, pero siempre me fijo demasiado en los nombres. No es que olvide cumpleaños, novenarios y bodas, me dan exactamente igual que otros días. Pasé el aniversario de la muerte de Aída recogiendo pedazos de mi alma. Resistiendo la ira de mi carne. Me saludaban tantas despedidas que en un instante, ah… ¿cómo llegaste?, ¿a dónde te has perdido?  Su cuerpo está de más cuando NO es lo que era. Caderas en cadena delicada, tan díficil, tan frágil, el cabello color ajonjolí y esas manos. Esas manos que atan como un torniquete, como un listón en forma de regalo. Su cuerpo, la pregunta que se abre a la noche. Su cuerpo ya no es la mirada que persuade, o la risa que vence. A veces también polvo. Ni siquiera polvo. No quiero hablar de muerte si no es mi propia muerte la que pongo en el plato. Aída no merece estas palabras. Ella siempre fue dulce y soñadora. Creció,  creció en mis manos como una caricia que se deja en la espalda del hombre que amas. Aída, mirada que se guarda. Mirada verde.

Si de verdad lo amas, no lo ames así.

No recuerdo las fechas. Haz de cada momento tu momento, decía, y yo leía en sus manos que podía ser real.

A Aída no la mató el cáncer. A mí no va a matarme el cáncer ni la anorexia ni el amor vedado. Será la vida la que acabe conmigo. Tarde o más tarde. Será la vida la que nos reúna. A ella. A mí. A las otras mujeres que no fuimos. Será la vida. Y este último golpe  lo que nos compacte.


En memoria del mundo

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Sumí la realidad en esta hoja de muerte, desde que soy vegetariana sólo mastico nostalgia, sólo hablo de ruinas y de siglos. El escondite idóneo para tu desnudez. Amor mío. Cuánto me alegré ayer de que no te murieras esa noche. Nadie supo decirme cómo murió Raúl. No estaba yo en la casa cuando sucedía, había salido a comprar cigarros y fruta. Y luego me dijeron que lo habían enterrado, así nada más. Hasta las plantas, amor, hasta las plantas cayeron en una depresión muy honda.

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Lo llaman porvenir

A nadie le ayuda mi tristeza, a nadie le hace bien este desierto de mí donde mi alma pide a rasguños auxilio. A nada contribuyo con mi desorden. Dixie me tiene miedo, ya lo sé, Conni me mira y hay una compasión naciente en sus ojos atónitos que me desarma. Veo en su rostro redondo la ternura que apenas se diluye porque, como haya ternura habrá disoluciones y desilusiones. Mientras tanto, su vida es lo que es: sólo es incomprensión y esperanza, esperanza y otra vez incomprensión. Hasta que llega al punto en el que yo, termino con lo que me queda. No sabe lo que siento. No sabe lo que significa. Es una niñita, no sabe. Me asusta contagiarla, quisiera contagiarla al mismo tiempo, prevenirla. Porque para mí, esto es la vida. Esto.

A nadie le hace bien esta tristeza que es sólo mía, pero mi vida no es más que tristeza, no es más que desánimo, qué puedo hacer con tanto hastío, no puedo. Conclusión: a nadie le hace bien que yo viva.

Fui buena para la lógica formal cuando era joven y usaba la inteligencia para algo productivo, productivo como vivir, claro que, también gastaba mi energía en soñar. Y desde ahí, una no puede hacer gran cosa. Y eso fue lo peor (y lo mejor) de todo. En ese tiempo yo no tenía mayor preocupación que hacer las cosas bien. Siempre supe que había una dirección y ya estaba marcada. Lo llaman porvenir. Siempre mantuve intacto mi lenguaje, todo lo mantuve intacto. Hasta que… no sé. Mi obsesión crece y crece y hacia donde yo miro veo lo mismo. Todas las esferas han estallado, una a una hasta formar un caos. Sólo me queda esto. No hay más a qué aferrarse sino a esto. La verdad es ésta. Una se confunde entre tantas proyecciones del ser, una se pierde en la medida en que las posibilidades aumentan. Y lo que te confunde termina por fundirte. Tienes que ser parte del todo, y al parecer la única manera es ésa. Devolverte al inicio. Y acabar con todo. Es díficil, y además es inútil. Vas quemando una a una sus reservas de aceite hasta que estás muy adentro, ya nada te pertenece, nada, ni tú misma. Ni DIxie. Ni nada. Quieres entrar, pero ya estás metida, y ya no puedes salir, pero quieres entrar aún, ¿y cómo?. Los dedos se te quiebran. La sed permanece.

Y lo único que se te ocurre es esto, pero, ¿cuándo?,¿ dónde? Ya no puede ser peor. Pero sí puede, nunca terminas de saber qué tan al fondo llegarás, qué tan desconocidos eran esos demonios. Tú eres lo que te destruye, el mundo es lo que te destruye. Y tú eres el mundo. Y tú lo destruyes. Lo llaman reciprocidad. Esto es lo que teníamos y esto es lo que hicimos. No es el momento ahora. Y cuando es el momento por fin, es demasiado tarde. Siempre es así. Te das una última oportunidad para arruinarlo todo. La última, la última y nos vamos.