Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

Entradas etiquetadas como “Nocturno

Ruido de sombra

Nada sino las sombras del domingo. Ruido de imágenes falsas. Ruido de domingos, A veces, la violencia con que las sombras se arrebatan el contraste. Pero de ti… ni rastro.

Tal parece, criatura, que te has extraviado en la ciudad. tal parece que has salido a caminar y de pronto, olvidaste por dónde habías llegado, o de dónde venías. De atrás, sí, ¿pero de dónde?

Qué triste debe ser (muy en el fondo) pronunciar tu apellido con la misma emoción con la que digo puerta, punto, escaleras, matemáticas… Las matemáticas son simples (y hermosas). Esta belleza es fría, dura, absoluta… como un número. Qué triste.

Ruido de sombras compactas. Ruido de sombras imposibles. Ruido de sombras. De ti nada. Porque quizá ya no eres una sombra. Quizá nunca lo fueras. Porque las sombras no existen. Tú, sin embargo, sí. ¿O no? ¿No eras tú quién decía?:

La ciudad es inmensa, me da miedo. Yo la conozco toda, desde el deshuesadero hasta la torre. desde el barrio más pobre del margen más remoto… hasta los sitios más inaccesibles y exclusivos. Yo conozco la suerte de sus túneles, sus caminos aéreos. Ésta es la ciudad de los contrastes. Y yo siento que un día voy a perderme aquí, que empezaré caminando y  seguiré caminando hasta no recordar de dónde vengo. Nadie podrá decir, a ciencia cierta, si me vieron pasar por esta calle, nadie sabrá que estuve, si es que estuve, esperando el camión en esta esquina. O dirán que me vieron deambulando, preguntando la hora  desde los parques, preguntando por ella en otro idioma… dirán que estuve, que avancé, que pasé…. sin ninguna certeza. Y ésa tendrá que ser toda la historia que se pueda contar de mi persona: “Se fue. Se la tragó la tierra.” Pero eso, todavía no ha sucedido.

Tal parece, criatura, que te hemos perdido en la ciudad.

Anuncios

Lo impreciso

No lo puedo decir con claridad, Andrea, en mi estado es díficil comprobar si las puertas que se abren en la noche dejan entrar demonios o fiebre. Demonios o fiebre.

Quiero decir, en mi estado (civil) una se da permiso de pensar muchas cosas, pero en mi estado (mental) una no se castiga por hacerlas. O lo que es lo mismo, y es peor,  ya lo perdimos todo, hasta la fe. Si vienen a buscarme no me busquen, es decir, no se queden, bueno, si quieren, quédense pero  sin quejas, porque aparte ni hay agua. La cava está vacía por si apetecen. No tengo cigarros. No llegué a dormir anoche.  Escribo mientras se acaba de secar mi alma.

Admitámoslo, Andy, nuestra sangre doblada sólo sabe reír. Y desbordarse. Pero si la anorexia no nos mata primero, la vida  lo hará después, tarde o más tarde ya verás que lo hace.

Llego a pasar la noche, por si la muerte viene para que me encuentre.


Lo evidente

Quiero decir que lo amo mientras ese demonio tragavoces se entretiene en los parques seduciendo a la hija del sepulturero, digo, del cerrajero. No le dará la llave del tesoro, pero qué nos importa. Quiero decir, decirle que lo amo mientras me queda un gramo de ternura en el cuerpo, que haga nidos aquí su indiferencia. Porque será lo último que reciba de él.

Pongo en esta charola mis sueños desnutridos, abran todas las puertas y que vengan, las aves de carroña. Es tiempo, sí. Pobres perros sin dueño, y qué felices. Pobres niños hambrientos que sacudían estrellas en las plazas, ¿cómo podían gritar con la garganta seca?, ¿cómo podían pensar con sus estómagos desiertos? Nadie puede soñar con el corazón roto. Por eso tú. Ve, mi pequeña arpía, corre a decirle algo importantísimo. No le digas que estoy, no le cuentes de mí. No le susurres nada.

Aída, pequeña lápida, no me pongas tu piel hasta que el hambre vuelva a desmayarme. No repitas su nombre si no estoy borracha.


Lo insalvable

Fue por amor, Marie. Marie es un suceso que sólo ocurre en mis sueños, porque no hay mejor cura para el devenir que soñarse anunciada sobre el reflejo agudo de esos ojos verdísimos… Marie, las ramas no repiten su sonrisa frutal, ella se duerme al filo de una desnudez que no entiende sus códigos. Y aunque busque la cura para su devenir, las ramas no repiten su sonrisa frutal.

Eso, ella, la cura del sueño. A Gustavo le daba por beber té verde. No le gustaba el café. No fumaba. Sólo ardía de noche. Como mil amapolas inocentes.

Su frutalidad, su ligereza, su resurrección. Su rumor. Es su historia de muerte.

Yo elegí otra palabra para  mi corazón: Gustave, o Gustavo. Pero no me gusta sentir que estoy llamándolo. Es una sensación de peripecia. No sé lo que querrá decir esa palabra, pero si suena tan horrible tal vez deba tratarse de algo tan horrible (como para decirlo en este párrafo).  Tal vez…

Había una muestra clara de sensualidad entre toda esa vida que es Gustave, sinónimo (de antónimo) de muerte, ese pequeño instante de quietud. Pues no me interesaban las cosas que decía. Me intrigaban las cosas que ocultaba su mueca a contra luz. Me gustaba morirme en su caricia afónica. Era como una droga imperceptible. Tal vez debí decirle…

Para cortar con él me tuve que colgar primero de mí misma, cortar la soga. Córtarla,  y dejarme caer. Sigo cayendo, sí. No he llegado -tampoco- a donde, se supone, llegaría. Cementerio de fechas o algo así. Tal vez tenía que…

Pero no vine hoy a hablar de eso. Por supuesto estoy rota y desahuciada. No estoy bien sin Gustave. Pero me queda claro que él va a estar bien sin mí. Mejor sin mí (mejor) que por mi culpa…  Y con eso me basta para seguir matándome (lo que me resta de vida).

La cosa entonces es:  por más grande que sea mi soledad, por más que crezca ésta y rompa sus fronteras… me va a venir pequeña todo el tiempo. Aída, siempre me sentiré asfixiada por sus muros. Hasta que ya no necesite respirar. Hasta entonces… tal vez debí decirle que lo amo.