Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Lo supuesto

Cada vez que te deje sobre alguna estación, sentiré que abandono la vida que he tenido, y a la mujer que no volveré a ser.

Lloro porque comprendo que todavía no he muerto demasiado, que jamás morirás lo suficiente, en mí.  Ya ves, me pierdo. Me amparo en la ciudad, otra ciudad, para que no me sigas y me encuentres, o para que no tengas que fingir que no me reconoces. Tal vez debí jugar la ultima carta… pero, ya recordé, ya no tenía. Nunca he sabido ahorrar.

Supuestamente nunca me quisiste. 

Supuestamente, ya no te quería…

 

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Lo irreconciliable

Carlos, si en algún hemisferio de este basto infinito te encontrases mi alma, por favor, recuérdale lo mucho que te amé. Lo que vieron mis manos cuando abriste las tuyas. Convéncela de que hubo antecedente,  que hubo tanta vida para tanta muerte. Recuerdame lo mucho que te amé.

Quiero que seas testigo de mi última explosión. Perdóname.

Quiero que quedes libre de mi apéndice.

Si encontrases mi alma, o sus pedazos, por favor, reúnela, recógela. Que se coman los ecos su epidermis, pero que nunca lo sepa. Y permítele entrar, o salir, lo que sea, cuando sea. Mientras se pueda, dile. Dile que se acabaron de exprimir las ciudades, dile que terminaron de quemarse los barcos, sus reliquias, sus puentes, sus ruinas y sus triángulos. Dile que es tiempo, dile que es necesario. Recuérdale lo mucho que te amé.

¡Carlos! El amor  verdadero tiene nombre. El amor tiene un nombre verdadero. El amor y su único pronombre.

Tú, nada más y tú, lo único que pude rescatar de esta hendidura, liberándote.

Tú, toda luz, y toda oscuridad, en un solo poema: Lo irreconciliable.

Madame X


Asunsión

La vida no regala nada, sólo vende, presta, cobra a plazos, arrebata, embarga,  intercambia, devalúa, desecha, deshace, recicla…  revende…

Y tú.

Le entregaste tus manos a mi aurora velada. Espléndida mirada para recomenzar. Eres más buena aún, y mucho más sincera que la vida.

Le cerrabas tus ojos.  La bóveda compacta que no te miró abrirlos. Alumbrar la mañana de tu exaltación. No más antecedente en tu llegada, tenías la mirada al rescate de un mundo hablando para ti.

Lates en cada esquina donde tu desamparo nos ahoga. Lates. Lates. Lates. Lates. Lates. Falleces.
Cada vez que falleces traes más vida en tu muerte. Tan repentina. Tan necesaria…

Tan exacta.


Lo evidente

Quiero decir que lo amo mientras ese demonio tragavoces se entretiene en los parques seduciendo a la hija del sepulturero, digo, del cerrajero. No le dará la llave del tesoro, pero qué nos importa. Quiero decir, decirle que lo amo mientras me queda un gramo de ternura en el cuerpo, que haga nidos aquí su indiferencia. Porque será lo último que reciba de él.

Pongo en esta charola mis sueños desnutridos, abran todas las puertas y que vengan, las aves de carroña. Es tiempo, sí. Pobres perros sin dueño, y qué felices. Pobres niños hambrientos que sacudían estrellas en las plazas, ¿cómo podían gritar con la garganta seca?, ¿cómo podían pensar con sus estómagos desiertos? Nadie puede soñar con el corazón roto. Por eso tú. Ve, mi pequeña arpía, corre a decirle algo importantísimo. No le digas que estoy, no le cuentes de mí. No le susurres nada.

Aída, pequeña lápida, no me pongas tu piel hasta que el hambre vuelva a desmayarme. No repitas su nombre si no estoy borracha.