Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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No hay poemas previstos para este mes de enero

No existe nada,  o casi nada (casi nunca) que nos sorprenda más que lo imprevisto. Aunque yo he aprendido a sorprenderme de las cosas sencillas,  sé que es fácil decirlo y no me encantaría que todos me creyeran, tal vez se necesita práctica, o quizá sólo un poco de atención, tal vez sólo se necesita que un viento muy fino sople en tus ojos para que te des cuenta de todo lo que había más allá y que, además, no todo  está tan lejos. No todo el tiempo es todo inasequible, hay muchas otras cosas a tu alcancé. Hay muchas ilusiones hechas certeza que puedes comprimir,  prenderlas a tu corazón como un recordatorio de que la vida es más que respirar y al mismo tiempo no hay nada más hermoso que una vida sencilla (tal como respirar)  Pero no me desvío del asunto,  te hablaba de las maravillas cotidianas que se repiten a diario. A unos nos parece que  son siempre las mismas. Y ya vi que no es así.

Querida Aída, ayer conocí una chica en la entrada (salida) de los viveros, yo pensaba decirle que el agua de los contenedores no era adecuada para lavarse las manos pero cuando me di cuenta ya se la había echado encima. Me miré al espejo tratando de apagar el calor que recorría mi cuerpo a causa de la carrera.  Ella me preguntó si sabía qué equipo de futbol  había ido a entrenar ahí esa tarde. Yo le dije que no sabía. Me volví para verla, era blanca como un alcatraz y su cabello era castaño como el de una muñeca de porcelana china, y sus ojos, también castaños, emanaban una extraña tristeza de la que, me pareció, anhelaba zafarse. Me preguntó si llevaba mucho tiempo entrenando, le sonreí y le confesé de mi inconstancia. Casi me suelto a platicarle de ti. Pero no, dijo que padecía un problema cardiaco, lo que me recordó la última vez que te vi en el hospital y me contuve. Se despidió cortesmente y cada una tomo una ruta distinta.. Ojalá vuelva a verla. Sería más divertido caminar a su lado descubriendo las hojas traídas por los remolinos, que ir borrando las huellas de Darío simulando dejar cada momento atrás,  avanzando más rápido cada segundo hacia ninguna parte.

Querida Aída,  estaba tan enviciada en reciclar las nostalgia de otras estaciones  -con el pretexto de ir a pintar un cuadro de ciudad-. Se necesitan grises para pintar una ciudad en un lienzo. Pero será mejor si ponemos colores sobre las grises realidades de los muros, no lo crees? Creí que no se podía escribir sobre otra cosa que no fuera el amor, aunque no lo conociera, de Darío, aunque no lo conociera; o para Carlos, aunque estuviera fuera de mi alcance.  Y le sigo escribiendo, lo sigo amando tanto y eso no cambiará.  Pero es que aún queda mucho por decir que no sé porque a veces nos obstinamos en una maravilla, y no nos damos cuenta de que nuestra atención desmedida la desgasta, la erosiona, la va enterrando  poco  a poco en un absurdo tedio. Así es, la maquina de la monotonía aplasta hojas de invierno, y seguimos pensando en esa cruel catástrofe cuando ya es verano. ¡Tremenda estupidez! No me había percatado de lo innecesario de ello.

Hay un paso, literalmente, un paso /entre el hecho de un día detenerse  a contemplar el mundo desde un punto fijo /y quedarse estancado.

Cada nostalgia tiene su propia historia. También una alegría alternativa. Cada momento presente trae su propia verdad y una revelación que, si tu quieres, te deja en el camino con una amplia sonrisa que no puedes, ni debes,  combatir. Es como enamorarse. Cuando uno se enamora todo lo vez más limpio, más extenso y más lindo. Los colores parecen más brillantes y uno llega a convencerse de que efectivamente es así.  En realidad habría que enamorarse de esos colores, de esas hojas y de esos aromas. Yo me enamoro de una dulce muchacha que me sonríe en el metro y me pregunta la clave de mi perfume. Ella no sabe que desde hace tiempo dejé de usar perfume pero igual le sonrío y le digo que es el mismo que ella lleva puesto.  Ninguna fragancia, por más síntesis que haga de un millón de sustancias podrá igualar tu humor, Aída, cuando sonríes, o lloras de esperanza, y te bañas de amor.

Así  es que, te digo, no hay poemas previstos para este mes de enero. Posiblemente, ahora hasta Darío pueda dormir de mí sin preocuparse de mis cartas, o de mis fantasías voluptuosas.  Por fin podrá tomarse unas largas vacaciones lejos de ésta, mi mente loca.  Felicidades a Darío por existir.

Los poemas se escriben cuando no hay mejor forma para decir las cosas. Creo que vienen, se anuncian horizontes, tantos momentos únicos y tantas maravillas… que algunas no podremos escribirlas, tendremos que conformarnos con VIVIRLAS, con leerlas, con acariciarlas.  Vendrán cartas, vendrán avisos, algunas crónicas confusas, pero poemas no. Ya no tendremos que preocuparnos por una metáfora, por una métrica imposible de lograr, por esa alma reiterada empecinada en perdurar por siempre. Podremos levitar y contemplar la noche… al día… a la hora más alta desde le punto más alto…  y abrir grandes los ojos y seguir soñando.

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