Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Lo mismo

No importa si te borro

Ahora caigo en eso

Y me doy contra el suelo

Para que no me duela la distancia

No importa si te nombro

Te borro y te nombro

Te borro y te nombro

Te nombro

Para no equivocarme

Lo mismo te borro

Lo mismo no te borro

Lo mismo

Pero más inútil

Qué importancia le damos a las cosas comunes

Me decías

A quién le importa hoy lo que dijiste

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Lo impreciso

No lo puedo decir con claridad, Andrea, en mi estado es díficil comprobar si las puertas que se abren en la noche dejan entrar demonios o fiebre. Demonios o fiebre.

Quiero decir, en mi estado (civil) una se da permiso de pensar muchas cosas, pero en mi estado (mental) una no se castiga por hacerlas. O lo que es lo mismo, y es peor,  ya lo perdimos todo, hasta la fe. Si vienen a buscarme no me busquen, es decir, no se queden, bueno, si quieren, quédense pero  sin quejas, porque aparte ni hay agua. La cava está vacía por si apetecen. No tengo cigarros. No llegué a dormir anoche.  Escribo mientras se acaba de secar mi alma.

Admitámoslo, Andy, nuestra sangre doblada sólo sabe reír. Y desbordarse. Pero si la anorexia no nos mata primero, la vida  lo hará después, tarde o más tarde ya verás que lo hace.

Llego a pasar la noche, por si la muerte viene para que me encuentre.


Lo irreparable

¿Recuerdas esos días, Aída? Días inútiles entre paredes mohosas e ideas que se quedaron agolpadas (quién sabe). En la tinta de no sé qué principio. De la pluma sin fechas. Color invisible. Temperatura de ansias y calor invisible. Chocolat. De la pluma sin fechas…

Jugabas a la química de los encuentros. Ardías. Todavía no existías pero ardías. Suponte. Imagina.  Qué difícil poder imaginarte. Tejiendo. Años de clorofila sin desinfectar, dijiste. Y pusiste el amor en una de esas. Capsulas de porcelana para que durara. Para que dure, dijiste. Para que resista. Lo calentabas la noche con la flama pequeña de una, más pequeña, lamparita de alcohol a fuego lento. Lento. Fabricabas milagros con la materia prima del suspiro. Aída, ésa era tu idea del amor perfecto. Para que dure, dijiste. Todavía creías que podía arder por siempre.


Eso

Ayer salí a la calle completamente descalza, apenas si llevaba algo puesto, corrí por toda la calle, llegué a la avenida: no había nadie. No era tan tarde, ya sé, pero no había nadie; sólo ruido de autos anunciado desde lejos, ladridos de perros y gatos -porque los gatos ladran a deshoras- hormigas invisibles, hojas. Aliento de noche. Y una vocecita convincente. Eso, Aída, eso… es abrazar un rumor, ¿entiendes lo que significa?

Un rumor.

Lo es todo. El rumor que juega a quedarse, el rumor que nos invita a quedarnos. Un día aprendes que el hilo con que bordabas tu tristeza tiene otras funciones, también puede servir para sacrificar tu devenir. Te matas de hilo, te matas de tristeza. Pero también te sirve para bordar el cielo. Y deletreas su nombre con un color que ¿sabes qué? él puede distinguir -de entre todo este humo de ciudad- y puede. Porque es simple.

Los ojos de Gustavo son como dos poemas que no pueden ponerse en un poema, me refiero a esto: no se pueden poner en una décima, no se pueden poner en un soneto; no pueden suponerse como algo sostenido y contenible en algo. Se desbordan por todas las regiones. Se desprenden de un arco de caricias simbólicas, se desprenden de un cuadro surrealista de ruidos inconformes. Toman la realidad para hacerla un poquito más amena y más viva. La verdad es ésa. No hay verdades internas ni eternas, no hay tiempo que dure, no hay pero que valga. No hay absolutos. No siempre todo tiene que empezar con un no.

Entonces sí, Aída: ¡Sí! Eso es un rumor. Eso. Y todo lo que persiste. Y después lo mismo y lo mismo y lo mismo. Nunca es igual.