Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Escena Veintisiete

Estoy parada frente a una enorme ventana contemplando la noche. La luz tenue azulada penetra las cortinas, me hipnotiza. Me hipnotiza pensarte, imaginarte, presentirte venir. Y tú llegas de la calle, traes el frío de la ciudad adherido a las ropas. Y te acercas despacio. Y colocas tu mentón sobre uno de mis hombros descubiertos y me dices algo, al oído, no sé qué. Y yo siento tu aliento sobre mi cuello, tu pecho contra mi espalda, tus brazos que me ciñen, tus manos extendidas sobre mi vientre, mis senos, mi vientre, mis muslos. Y de pronto me giras hacia ti. Me tomas por la cintura y me levantas. Me tomas en tus brazos y me llevas lejos. Y te quedas tendido sobre mi. Y me besas. Las mejillas,  la frente, la nariz me besas. Y yo beso tu cuello. Beso tus labios. Te beso. Y juego con el lóbulo derecho de tu oreja y te digo, en secreto, una plegaria. Una palabra, quizá dos, dos palabras.

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A la hora sin hora

Siento un escalofrío y una culpa ciega. A la hora sin hora. Como cuando no puedes contemplar, ni siquiera la imagen del crimen perpetuado. Como cuando te caen, del cielo, tus mentiras. Como cuando descubres la nueva oscuridad que avanza en tu interior, consumiéndote a gajos. La risa por un orden, la tarde por la tarde.
Navajas. Navajas que te acoplan a la vida que viene. SI es que viene. Todo tu ser es nada más un utensilio del vacío. Pero ya no importa.

Ése fue un día de ayuno y lluvia, Aída, naturalmente. Te contaré como si hubieras sido tú. Estancia, permanencia. Era como en un sueño de poesía hecho carne, de canción hecho música. Pudiste ser tú misma.

Tú la que está consciente de todo lo que pasa, tú la que tiembla en el deseo de estarlo, pero en otras aguas, lejanas, de otro océano. Y sonríes y sangras, y las heridas sangran tan adentro tuyo, como si se extendieran desde tu alma, al himen perforado. Y cuando todo acaba, basta, un murmullo que llega desde la realidad, con la certeza de que tanto dolor es el presagio de una cosa más amplia, como la vida misma, un algo que se extiende de una orilla a otra diseñando periplos y retornos. Nadie limpió mi cuerpo de tanto odio, ni siquiera ha tenido que mentirme, ni siquiera ha tenido que quererme. Yo tampoco lo amo, todavía. Busqué sus ojos en la oscuridad. Estaba desnudo, ligero, parecía un vaho. Se oponía al rigor del abanico y a su ruido monótono. Blanco, desconcertado. Yo tenía una sonrisa en el rostro. Una sonrisa que no se me ha quitado desde hace una semana. Una sonrisa que no comprendo, que pertenece a una veracidad que todavía no llega, o no termina de irse del sitio equivocado.

Me gustaría escribirte una verdadera carta, una que pudieras leer sólo tú misma, sin demasiadas metáforas. Sin demasiados ojos haciendo interferencia. De mi sinceridad a tu paciencia, hay demonios que tuercen el mensaje. Aída, princesita estóica. ¿en dónde está tu tumba pa´enterrar este llanto? ¿Qué hago con tanta lágrima que ni asomarse puede? ¿y con esta sonrisa que no me pertenece?

Olvidé los detalles en la memoria del tacto renovado. Olvidé la textura de su piel. Un niño, la piel levísima, lisísima, los ojos claros, el calor de su boca. Esa boca, tan trágica. Presiento que todo es un instante. Pero no me importa. No he pedido palabras. No me interesan sus palabras. Su instante basta, aunque no dure para siempre. Nos hemos liberado de las metonimias. Nos hemos liberado del hipérbaton.

Muere una virgen. Nace un demonio. Y sobre el mismo cuerpo las angustias se rompen. No hay lágrima ni figura. No hay arrepentimiento. Tampoco soledad. Una caricia puede consolarlo todo. Pero ninguna dura para siempre. Ni siquiera un siglo.


Lo irrepetible

Cuando Darío era todavía el mar nadie tenía intenciones de olvidarlo. ¿Quién podía adivinar el olvido del mar? Ni pretenderlo siquiera.

Él era Marco, tenía veinteseis años -yo como veinte-, tocaba el saxofón, hablaba portugués, no fumaba, bebía vodka y ¡no se desmayaba! Canturreaba bajito. Cantaba una canción y dibujaba notas en un tiempo prestado para el tiempo: “A sua coisa é toda tão certa. Beleza esperta. Você me deixa a rua deserta. Quando atravessa. E não olha pra trás.”  Y yo sonreía fuerte con la virginidad en una mano y el corazón en llamas, en su coraza, ahogándose de amor, de mar, de él, de enero, de Darío. Ni siquiera recuerdo por qué lo llamé así. Él me llamaba Stephanie. Hubo un día que creímos que en verdad fuimos ellos. Y nosotros nadie.

Darío no era el mar. Hasta que lo fue.

“Letras e músicas. Todas as músicas. Que ainda hei de ouvir. No Abaeté. Areias e estrelas. Não são mais belas. Do que você

No importaba que a veces, en la noche, yo despertara inquieta y me pusiera a palpar esa humedad eufórica de las cortinas abiertas, volteando a todas partes: ¡Carlos!, ¡Carlos!, ¡Carlos!

No importaba que el único consuelo fuera esa foto suya con sus ojos tan grises y sus relojes suizos, y su nombre que ya no era su nombre: Darío, para el fin de los días,  y para lo que falte. Eran las tres de la mañana y me llamaba para decirme que pasaría por mí porque quería volar un papalote. Amanecer. Un río. Un papalote.  Estaba loco. Nunca vi la importancia de todas esas cosas hasta que se cansó de mi tristeza y decidió treparse en un Avianca (de verdad) sin siquiera decirmelo, ¿o sí lo hizo? No lo escuché, creo.  Escala en Bogotá para llevar los sueños a cruzar el Atlántico. Todavía me llamó como a las cuatro de la tarde imitando un acento colombiano medio falso -y medio combinado- para decirme “Bye, Stay, Bye, te quiero maja, te quiero… cuida al gato”. No teníamos gato. Ni vivíamos juntos. Vimos una película coreana que nos marcó la vida pero nunca supimos cómo la encontramos.  No teníamos ni gato ni gustos en común salvo la soledad que tanto compartimos  y la música vieja  que deshicimos juntos; salvo las noches que nunca completamos, salvo el tango y la trova brasileña; mi teclado y su sax,  mi guitarra y su voz,  y su vos. Recuerdo pianos y máscaras y mi acrofobia y su incurable obsesión por volar… volar… volar…

 Jamás le dije a nadie su nombre verdadero. Ni siquiera a mi propio corazón hasta hace seis minutos. Porque es tanto el dolor que me circula  adentro que mi mente prefiere convertir este instante de ira en reflexión, en ficción, en lo que sea. Menos en otro nombre verdadero, más si empieza con “E”. De ella. De Mayo.

Jamás tuve la dicha de escuchar en sus labios mi nombre verdadero. Entonces sí, yo lo hubiera querido para siempre. Porque sí. Para siempre. Es como una moneda que se devalúa con facilidad.

Un día nos compra todo el paraíso, la mirada más larga, la mentira más cierta. No sé si el mar también. Pensándolo mejor, un para siempre no puede ser tanto. Qué precio tan barato paga uno al adquirir su propio infierno personalizado. El mar no nos ahoga para siempre. Por eso le lloré muchas semanas, porque ése, su mar, merece ir y venir y crecer y crecer sin restriccion  ni aviso ni prepago.  Le escribí cien poemas “Para que no me olvides”  (cuando aún escribía) hasta que un día supe que el dolor se apartaba de la orilla. Volverá. Volvería.

Y sí volvió.

Esto que siempre /nos ataca de nuevo, /esto es /lo irrepetible. Olvido. Mar. Silencio. Aviones. Días. Mayo. Mayo. Mayo. Mayo.

Cometas.

Pero Darío no. Sí. Su imagen se ha ido para siempre. Pero su nombre siempre será el mar. La abundancia que expresa es el desorden del mundo, la armonía que nunca consiguieron las cosas. El tiempo que llevamos escondido en el párpado.  El mar al que una vuelve para mitigar sus incendios personales.

Llegará el día en que esta arteria rota sea tan sólo la imagen de nuestra hemorragia. Eso que no nos mata nos sepulta en vida.  Cementerio de fechas o algo así. Llegará el día… Entonces, mientras tanto:

 “Nunca me faça mal”

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Lo impreciso

No lo puedo decir con claridad, Andrea, en mi estado es díficil comprobar si las puertas que se abren en la noche dejan entrar demonios o fiebre. Demonios o fiebre.

Quiero decir, en mi estado (civil) una se da permiso de pensar muchas cosas, pero en mi estado (mental) una no se castiga por hacerlas. O lo que es lo mismo, y es peor,  ya lo perdimos todo, hasta la fe. Si vienen a buscarme no me busquen, es decir, no se queden, bueno, si quieren, quédense pero  sin quejas, porque aparte ni hay agua. La cava está vacía por si apetecen. No tengo cigarros. No llegué a dormir anoche.  Escribo mientras se acaba de secar mi alma.

Admitámoslo, Andy, nuestra sangre doblada sólo sabe reír. Y desbordarse. Pero si la anorexia no nos mata primero, la vida  lo hará después, tarde o más tarde ya verás que lo hace.

Llego a pasar la noche, por si la muerte viene para que me encuentre.