Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Ruido de sombra

Nada sino las sombras del domingo. Ruido de imágenes falsas. Ruido de domingos, A veces, la violencia con que las sombras se arrebatan el contraste. Pero de ti… ni rastro.

Tal parece, criatura, que te has extraviado en la ciudad. tal parece que has salido a caminar y de pronto, olvidaste por dónde habías llegado, o de dónde venías. De atrás, sí, ¿pero de dónde?

Qué triste debe ser (muy en el fondo) pronunciar tu apellido con la misma emoción con la que digo puerta, punto, escaleras, matemáticas… Las matemáticas son simples (y hermosas). Esta belleza es fría, dura, absoluta… como un número. Qué triste.

Ruido de sombras compactas. Ruido de sombras imposibles. Ruido de sombras. De ti nada. Porque quizá ya no eres una sombra. Quizá nunca lo fueras. Porque las sombras no existen. Tú, sin embargo, sí. ¿O no? ¿No eras tú quién decía?:

La ciudad es inmensa, me da miedo. Yo la conozco toda, desde el deshuesadero hasta la torre. desde el barrio más pobre del margen más remoto… hasta los sitios más inaccesibles y exclusivos. Yo conozco la suerte de sus túneles, sus caminos aéreos. Ésta es la ciudad de los contrastes. Y yo siento que un día voy a perderme aquí, que empezaré caminando y  seguiré caminando hasta no recordar de dónde vengo. Nadie podrá decir, a ciencia cierta, si me vieron pasar por esta calle, nadie sabrá que estuve, si es que estuve, esperando el camión en esta esquina. O dirán que me vieron deambulando, preguntando la hora  desde los parques, preguntando por ella en otro idioma… dirán que estuve, que avancé, que pasé…. sin ninguna certeza. Y ésa tendrá que ser toda la historia que se pueda contar de mi persona: “Se fue. Se la tragó la tierra.” Pero eso, todavía no ha sucedido.

Tal parece, criatura, que te hemos perdido en la ciudad.


Escena Veintisiete

Estoy parada frente a una enorme ventana contemplando la noche. La luz tenue azulada penetra las cortinas, me hipnotiza. Me hipnotiza pensarte, imaginarte, presentirte venir. Y tú llegas de la calle, traes el frío de la ciudad adherido a las ropas. Y te acercas despacio. Y colocas tu mentón sobre uno de mis hombros descubiertos y me dices algo, al oído, no sé qué. Y yo siento tu aliento sobre mi cuello, tu pecho contra mi espalda, tus brazos que me ciñen, tus manos extendidas sobre mi vientre, mis senos, mi vientre, mis muslos. Y de pronto me giras hacia ti. Me tomas por la cintura y me levantas. Me tomas en tus brazos y me llevas lejos. Y te quedas tendido sobre mi. Y me besas. Las mejillas,  la frente, la nariz me besas. Y yo beso tu cuello. Beso tus labios. Te beso. Y juego con el lóbulo derecho de tu oreja y te digo, en secreto, una plegaria. Una palabra, quizá dos, dos palabras.


Lo irreconciliable

Carlos, si en algún hemisferio de este basto infinito te encontrases mi alma, por favor, recuérdale lo mucho que te amé. Lo que vieron mis manos cuando abriste las tuyas. Convéncela de que hubo antecedente,  que hubo tanta vida para tanta muerte. Recuerdame lo mucho que te amé.

Quiero que seas testigo de mi última explosión. Perdóname.

Quiero que quedes libre de mi apéndice.

Si encontrases mi alma, o sus pedazos, por favor, reúnela, recógela. Que se coman los ecos su epidermis, pero que nunca lo sepa. Y permítele entrar, o salir, lo que sea, cuando sea. Mientras se pueda, dile. Dile que se acabaron de exprimir las ciudades, dile que terminaron de quemarse los barcos, sus reliquias, sus puentes, sus ruinas y sus triángulos. Dile que es tiempo, dile que es necesario. Recuérdale lo mucho que te amé.

¡Carlos! El amor  verdadero tiene nombre. El amor tiene un nombre verdadero. El amor y su único pronombre.

Tú, nada más y tú, lo único que pude rescatar de esta hendidura, liberándote.

Tú, toda luz, y toda oscuridad, en un solo poema: Lo irreconciliable.

Madame X


Lo impreciso

No lo puedo decir con claridad, Andrea, en mi estado es díficil comprobar si las puertas que se abren en la noche dejan entrar demonios o fiebre. Demonios o fiebre.

Quiero decir, en mi estado (civil) una se da permiso de pensar muchas cosas, pero en mi estado (mental) una no se castiga por hacerlas. O lo que es lo mismo, y es peor,  ya lo perdimos todo, hasta la fe. Si vienen a buscarme no me busquen, es decir, no se queden, bueno, si quieren, quédense pero  sin quejas, porque aparte ni hay agua. La cava está vacía por si apetecen. No tengo cigarros. No llegué a dormir anoche.  Escribo mientras se acaba de secar mi alma.

Admitámoslo, Andy, nuestra sangre doblada sólo sabe reír. Y desbordarse. Pero si la anorexia no nos mata primero, la vida  lo hará después, tarde o más tarde ya verás que lo hace.

Llego a pasar la noche, por si la muerte viene para que me encuentre.