Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Escena Veintisiete

Estoy parada frente a una enorme ventana contemplando la noche. La luz tenue azulada penetra las cortinas, me hipnotiza. Me hipnotiza pensarte, imaginarte, presentirte venir. Y tú llegas de la calle, traes el frío de la ciudad adherido a las ropas. Y te acercas despacio. Y colocas tu mentón sobre uno de mis hombros descubiertos y me dices algo, al oído, no sé qué. Y yo siento tu aliento sobre mi cuello, tu pecho contra mi espalda, tus brazos que me ciñen, tus manos extendidas sobre mi vientre, mis senos, mi vientre, mis muslos. Y de pronto me giras hacia ti. Me tomas por la cintura y me levantas. Me tomas en tus brazos y me llevas lejos. Y te quedas tendido sobre mi. Y me besas. Las mejillas,  la frente, la nariz me besas. Y yo beso tu cuello. Beso tus labios. Te beso. Y juego con el lóbulo derecho de tu oreja y te digo, en secreto, una plegaria. Una palabra, quizá dos, dos palabras.

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Delírium Trémens

Hay quienes dejan toda la ternura por el fantasma de algo que ellos mismos mataron. Alguien, algo. A veces. Pero eso a los muertos no nos importa. Nada. Nunca. Siempre.

Tuve yo un novio, ¿sabes? y lo quise mucho, mucho lo quise. No más que a otros, sí, pero lo quise, a mi modo preferido. Quizá por el motivo con que se presentó, quizá por la envoltura que traía… o por lo que decía la etiqueta al momento de adquirirlo: “No restituible” “No está a la venta, váyase”. Y yo estaba dispuesta a empeñar hasta mi alma para poder tenerlo. Pagaría cualquier suma desorbitada por un capricho así. Pero no. No valía ni la punta de mi tos, no costaba ni una  de mis décimas muertas, fracturadas postmortem. Virgen, soltera, líquida. Anoréxica. Y él. Articulo de novedad, de hace como mil años, dentro una vitrina que algún desmemoriado se olvidó de vaciar y rellenar con nuevas chunches. Ahí estaba, como un objeto de deseo que nadie quiere, como-un indispensable para una era obsoleta. Que nadie comprende. Que nadie necesita. Salvo ella, que también es nadie. Para seguir quemándose. Un edificio sin demoler. Lleno de sombras, bichos y murciélagos. Protéjase del sol en esta ruina de nombres. Entierre aquí su nombre.  Inaugure su fuego.

Pero siempre lo supe. No sé por qué me extrañó al último (primero). Es raro.
Ciertamente sería algo muy triste, claro, si no me diera tanta risa. Quizá hasta dolería si no me pareciera tan ridículo, tan divertido. ¿Qué te estaba contando? Ah, sí, tuve yo un novio. Y lo quise mucho. Podía comer helados y helados sin que me  consumiera por la urgencia de expulsarlos cuanto antes de mi cuerpo. Mi cuerpo extendido, regalado. Creí que era la cura de mi bulimia nerviosa. Creí, no creí, da lo mismo. Nadie te cura de nada. La medicina es una ciencia falsa. La primavera no existe, es el Delírium Trémens de los condenados. Los condenados al invierno, los condenados al otoño (que tampoco existe, más que la remebranza… de lo que nunca será). Los condenados a su propio abismo, es decir, ése que construyeron para encerrarse allí con sus demonios.  Pero eso a los muertos qué nos puede importar.


Lo impreciso

No lo puedo decir con claridad, Andrea, en mi estado es díficil comprobar si las puertas que se abren en la noche dejan entrar demonios o fiebre. Demonios o fiebre.

Quiero decir, en mi estado (civil) una se da permiso de pensar muchas cosas, pero en mi estado (mental) una no se castiga por hacerlas. O lo que es lo mismo, y es peor,  ya lo perdimos todo, hasta la fe. Si vienen a buscarme no me busquen, es decir, no se queden, bueno, si quieren, quédense pero  sin quejas, porque aparte ni hay agua. La cava está vacía por si apetecen. No tengo cigarros. No llegué a dormir anoche.  Escribo mientras se acaba de secar mi alma.

Admitámoslo, Andy, nuestra sangre doblada sólo sabe reír. Y desbordarse. Pero si la anorexia no nos mata primero, la vida  lo hará después, tarde o más tarde ya verás que lo hace.

Llego a pasar la noche, por si la muerte viene para que me encuentre.


Reúno mis pedazos

Ya nada va estar bien, no volverán a ver a esta tristeza como un llovido silencio que curó la sequía. Quiero destruir al mundo yo, quise crear un mundo para tus ojos. Quiero apagar el beso que jamás ha sido. Es mejor que arder. Apagarse. Apagalo de pronto. Quemar lo anterior, lo otro. Todo. Quemarlo. Lloverlo. No transitarlo, no dejarlo ahí. Todo.

Ya nadie va a estar bien.

Sentí miedo de mí. Nunca sentí en mi espejo tanto miedo de verme.  Como quien ha vivido muchas vidas, como quien ha traído tantas muertes al suelo.  Yo sólo sé apretar mi cuerpo contra una mortaja. El ruido de mi desnudez: Y nada me persiste. Nada me pertenece. No estoy, no vivo en esta casa, no conozco a estas gentes. Yo sólo sé apretarme  contra una navaja, mi propio sudario, mi ataúd cotidiano.  Mi nostalgia. Mi pulso. Mi llovizna. Mi tacto. Innecesariamente. No quiero entender. no quiero saber. He muerto mucho. Todos los días. He muerto. Me sepulté en raíces arrancadas del cosmos, la máquina del devenir que me sepulta, me sepulté en mi piel que se despliega en sí como si un desconcierto, como si una mirada… Me sepulté en el frío de la ciudad de arena que se rindió por fuera.

Reúno mis pedazos, pero sólo consigo desarmarme más. Esta vida termina por matarme, ni yo la soporto, ni ella me soporta a mí. La misma relación que tengo con el café, quiero dejarlo pero él no puede dejarme. Y el café es todo lo que me rodea. Quiero curarme pero no quiero estar bien. Qué es eso de gritar a media calle que el amor de tu vida no ha existido jamás, que tu mejor amiga tiene cáncer, que tu abuela se encuentra desahuciada, que tu suicidio es lento y paulatino. No. Esas… son cosas que pasan. Uno no debe hacer escándalo por las cosas que pasan. Uno debe asumir que en este mundo pasan cosas. Si no, todo se queda estático, si no, no existe algo.

Pero tú persistes. Al otro lado de la vida tu nombre continúa. Latiendo.  Al otro lado. Como si no importara nada.

No soy de aquí, no vivo en esta casa. Porque esta agonía de sepultarse a diario. No puede ser amar.