Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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De lirio cobra

El hombre de mis sueños era, en realidad, una planta. Era una planta de esas que devoran carne.

Se ponía un disfraz todos los días.

Una noche lo hallé tendido sobre una roca. Dormía tranquilísímo, quietísimo… Me dio mucha  ternura, parecía una serpiente satisfecha.

Entonces lo besé. Y lo besé y lo besé. Y sus labios se abrieron igual que pétalos prevenidos. Yo me  sentí un insecto entre sus dientes.

Me sentía como una mariposa que le abría sus muslos

Relaciono estos sucesos desde su estómago de planta.

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Inventación (I)

Que tus ojos ya invaden la ciudad y por las noches, dicen

que parecen letreros de neón que te señalan, hablan

el acceso a un infierno

 

 y a un deseo, dicen

que tu cuerpo se abre como una invitación,

inventacion,

y que la muerte danza

aproximándose.

 

 


Escena Veintisiete

Estoy parada frente a una enorme ventana contemplando la noche. La luz tenue azulada penetra las cortinas, me hipnotiza. Me hipnotiza pensarte, imaginarte, presentirte venir. Y tú llegas de la calle, traes el frío de la ciudad adherido a las ropas. Y te acercas despacio. Y colocas tu mentón sobre uno de mis hombros descubiertos y me dices algo, al oído, no sé qué. Y yo siento tu aliento sobre mi cuello, tu pecho contra mi espalda, tus brazos que me ciñen, tus manos extendidas sobre mi vientre, mis senos, mi vientre, mis muslos. Y de pronto me giras hacia ti. Me tomas por la cintura y me levantas. Me tomas en tus brazos y me llevas lejos. Y te quedas tendido sobre mi. Y me besas. Las mejillas,  la frente, la nariz me besas. Y yo beso tu cuello. Beso tus labios. Te beso. Y juego con el lóbulo derecho de tu oreja y te digo, en secreto, una plegaria. Una palabra, quizá dos, dos palabras.


A la hora sin hora

Siento un escalofrío y una culpa ciega. A la hora sin hora. Como cuando no puedes contemplar, ni siquiera la imagen del crimen perpetuado. Como cuando te caen, del cielo, tus mentiras. Como cuando descubres la nueva oscuridad que avanza en tu interior, consumiéndote a gajos. La risa por un orden, la tarde por la tarde.
Navajas. Navajas que te acoplan a la vida que viene. SI es que viene. Todo tu ser es nada más un utensilio del vacío. Pero ya no importa.

Ése fue un día de ayuno y lluvia, Aída, naturalmente. Te contaré como si hubieras sido tú. Estancia, permanencia. Era como en un sueño de poesía hecho carne, de canción hecho música. Pudiste ser tú misma.

Tú la que está consciente de todo lo que pasa, tú la que tiembla en el deseo de estarlo, pero en otras aguas, lejanas, de otro océano. Y sonríes y sangras, y las heridas sangran tan adentro tuyo, como si se extendieran desde tu alma, al himen perforado. Y cuando todo acaba, basta, un murmullo que llega desde la realidad, con la certeza de que tanto dolor es el presagio de una cosa más amplia, como la vida misma, un algo que se extiende de una orilla a otra diseñando periplos y retornos. Nadie limpió mi cuerpo de tanto odio, ni siquiera ha tenido que mentirme, ni siquiera ha tenido que quererme. Yo tampoco lo amo, todavía. Busqué sus ojos en la oscuridad. Estaba desnudo, ligero, parecía un vaho. Se oponía al rigor del abanico y a su ruido monótono. Blanco, desconcertado. Yo tenía una sonrisa en el rostro. Una sonrisa que no se me ha quitado desde hace una semana. Una sonrisa que no comprendo, que pertenece a una veracidad que todavía no llega, o no termina de irse del sitio equivocado.

Me gustaría escribirte una verdadera carta, una que pudieras leer sólo tú misma, sin demasiadas metáforas. Sin demasiados ojos haciendo interferencia. De mi sinceridad a tu paciencia, hay demonios que tuercen el mensaje. Aída, princesita estóica. ¿en dónde está tu tumba pa´enterrar este llanto? ¿Qué hago con tanta lágrima que ni asomarse puede? ¿y con esta sonrisa que no me pertenece?

Olvidé los detalles en la memoria del tacto renovado. Olvidé la textura de su piel. Un niño, la piel levísima, lisísima, los ojos claros, el calor de su boca. Esa boca, tan trágica. Presiento que todo es un instante. Pero no me importa. No he pedido palabras. No me interesan sus palabras. Su instante basta, aunque no dure para siempre. Nos hemos liberado de las metonimias. Nos hemos liberado del hipérbaton.

Muere una virgen. Nace un demonio. Y sobre el mismo cuerpo las angustias se rompen. No hay lágrima ni figura. No hay arrepentimiento. Tampoco soledad. Una caricia puede consolarlo todo. Pero ninguna dura para siempre. Ni siquiera un siglo.