Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Lo supuesto

Cada vez que te deje sobre alguna estación, sentiré que abandono la vida que he tenido, y a la mujer que no volveré a ser.

Lloro porque comprendo que todavía no he muerto demasiado, que jamás morirás lo suficiente, en mí.  Ya ves, me pierdo. Me amparo en la ciudad, otra ciudad, para que no me sigas y me encuentres, o para que no tengas que fingir que no me reconoces. Tal vez debí jugar la ultima carta… pero, ya recordé, ya no tenía. Nunca he sabido ahorrar.

Supuestamente nunca me quisiste. 

Supuestamente, ya no te quería…

 

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Lo inflamable

Hay días que transpiro soledad. Y tu humor complementa mi delirio. No puedo. No es verdad, yo te amo, yo te creo, yo sé, responde, vuelve ¡Vuelve!

Pero es el veneno, nada más, otra vez. Incontrolablemente. Veneno.

Me dijo que este infierno no acabará jamás. Aunque se parta el tiempo, no acabará jamás. Reanudarás la búsqueda,  vencido, renovado. Estrenarás un beso cada vez. A ella le dirás que es tu milagro, tu equilibrio. Le dirás que en sus ojos aún hay esperanza y tomarás su apremio, su cintura. Se perderá. La perderás. Su alma seca vendrá para avivar la noche que nos quema. Su alimento.

-Ven, acércate,  hermana  –le diremos-, ven a quemarte ahora junto a nosotras.


Lo evidente

Quiero decir que lo amo mientras ese demonio tragavoces se entretiene en los parques seduciendo a la hija del sepulturero, digo, del cerrajero. No le dará la llave del tesoro, pero qué nos importa. Quiero decir, decirle que lo amo mientras me queda un gramo de ternura en el cuerpo, que haga nidos aquí su indiferencia. Porque será lo último que reciba de él.

Pongo en esta charola mis sueños desnutridos, abran todas las puertas y que vengan, las aves de carroña. Es tiempo, sí. Pobres perros sin dueño, y qué felices. Pobres niños hambrientos que sacudían estrellas en las plazas, ¿cómo podían gritar con la garganta seca?, ¿cómo podían pensar con sus estómagos desiertos? Nadie puede soñar con el corazón roto. Por eso tú. Ve, mi pequeña arpía, corre a decirle algo importantísimo. No le digas que estoy, no le cuentes de mí. No le susurres nada.

Aída, pequeña lápida, no me pongas tu piel hasta que el hambre vuelva a desmayarme. No repitas su nombre si no estoy borracha.


Alraune

“Y de haber elegido
por corazón un cactus
en vez de una mandrágora
serían más llevaderos estos tiempos de seca”

Eso pensaba el mundo hasta que te encontré,
espejismo de lluvia,
milagro de la edad.

Debí haber elegido tus cenizas
y no mi inmolación.
Debí haber esperado para amarte.
Hasta que me exprimieran por completo la vida.
Debí quemarme toda cuando estuve más seca.
No aquí,
no ahora,
frente a todas las cosas que olvidamos odiar.
Tuve que arder y arderme.
Debí haber esperado para amarte más.

Déjenme decir
mis recomendaciones para el mundo.

Mientras me quemo
y contemplo tu imagen oscurecida de humo,
oscurecida de arboles y luna,
prodigiosa criatura,
déjame que te diga lo que quiero.

No, diles tú 

…que deben prevenirse

“Secar el alma toda mientras aún se puede
sacarla al sol un día si es preciso,
escurrirla, agostarla y extenuarla
extraerle hasta el ultimo
minuto de humedad
(para que arda más rápido cuando esté en el infierno
y no envuelva de humo tu corazón de arpía)”

mientras me incendio.