Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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De lirio cobra

El hombre de mis sueños era, en realidad, una planta. Era una planta de esas que devoran carne.

Se ponía un disfraz todos los días.

Una noche lo hallé tendido sobre una roca. Dormía tranquilísímo, quietísimo… Me dio mucha  ternura, parecía una serpiente satisfecha.

Entonces lo besé. Y lo besé y lo besé. Y sus labios se abrieron igual que pétalos prevenidos. Yo me  sentí un insecto entre sus dientes.

Me sentía como una mariposa que le abría sus muslos

Relaciono estos sucesos desde su estómago de planta.

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Lo irrepetible

Cuando Darío era todavía el mar nadie tenía intenciones de olvidarlo. ¿Quién podía adivinar el olvido del mar? Ni pretenderlo siquiera.

Él era Marco, tenía veinteseis años -yo como veinte-, tocaba el saxofón, hablaba portugués, no fumaba, bebía vodka y ¡no se desmayaba! Canturreaba bajito. Cantaba una canción y dibujaba notas en un tiempo prestado para el tiempo: “A sua coisa é toda tão certa. Beleza esperta. Você me deixa a rua deserta. Quando atravessa. E não olha pra trás.”  Y yo sonreía fuerte con la virginidad en una mano y el corazón en llamas, en su coraza, ahogándose de amor, de mar, de él, de enero, de Darío. Ni siquiera recuerdo por qué lo llamé así. Él me llamaba Stephanie. Hubo un día que creímos que en verdad fuimos ellos. Y nosotros nadie.

Darío no era el mar. Hasta que lo fue.

“Letras e músicas. Todas as músicas. Que ainda hei de ouvir. No Abaeté. Areias e estrelas. Não são mais belas. Do que você

No importaba que a veces, en la noche, yo despertara inquieta y me pusiera a palpar esa humedad eufórica de las cortinas abiertas, volteando a todas partes: ¡Carlos!, ¡Carlos!, ¡Carlos!

No importaba que el único consuelo fuera esa foto suya con sus ojos tan grises y sus relojes suizos, y su nombre que ya no era su nombre: Darío, para el fin de los días,  y para lo que falte. Eran las tres de la mañana y me llamaba para decirme que pasaría por mí porque quería volar un papalote. Amanecer. Un río. Un papalote.  Estaba loco. Nunca vi la importancia de todas esas cosas hasta que se cansó de mi tristeza y decidió treparse en un Avianca (de verdad) sin siquiera decirmelo, ¿o sí lo hizo? No lo escuché, creo.  Escala en Bogotá para llevar los sueños a cruzar el Atlántico. Todavía me llamó como a las cuatro de la tarde imitando un acento colombiano medio falso -y medio combinado- para decirme “Bye, Stay, Bye, te quiero maja, te quiero… cuida al gato”. No teníamos gato. Ni vivíamos juntos. Vimos una película coreana que nos marcó la vida pero nunca supimos cómo la encontramos.  No teníamos ni gato ni gustos en común salvo la soledad que tanto compartimos  y la música vieja  que deshicimos juntos; salvo las noches que nunca completamos, salvo el tango y la trova brasileña; mi teclado y su sax,  mi guitarra y su voz,  y su vos. Recuerdo pianos y máscaras y mi acrofobia y su incurable obsesión por volar… volar… volar…

 Jamás le dije a nadie su nombre verdadero. Ni siquiera a mi propio corazón hasta hace seis minutos. Porque es tanto el dolor que me circula  adentro que mi mente prefiere convertir este instante de ira en reflexión, en ficción, en lo que sea. Menos en otro nombre verdadero, más si empieza con “E”. De ella. De Mayo.

Jamás tuve la dicha de escuchar en sus labios mi nombre verdadero. Entonces sí, yo lo hubiera querido para siempre. Porque sí. Para siempre. Es como una moneda que se devalúa con facilidad.

Un día nos compra todo el paraíso, la mirada más larga, la mentira más cierta. No sé si el mar también. Pensándolo mejor, un para siempre no puede ser tanto. Qué precio tan barato paga uno al adquirir su propio infierno personalizado. El mar no nos ahoga para siempre. Por eso le lloré muchas semanas, porque ése, su mar, merece ir y venir y crecer y crecer sin restriccion  ni aviso ni prepago.  Le escribí cien poemas “Para que no me olvides”  (cuando aún escribía) hasta que un día supe que el dolor se apartaba de la orilla. Volverá. Volvería.

Y sí volvió.

Esto que siempre /nos ataca de nuevo, /esto es /lo irrepetible. Olvido. Mar. Silencio. Aviones. Días. Mayo. Mayo. Mayo. Mayo.

Cometas.

Pero Darío no. Sí. Su imagen se ha ido para siempre. Pero su nombre siempre será el mar. La abundancia que expresa es el desorden del mundo, la armonía que nunca consiguieron las cosas. El tiempo que llevamos escondido en el párpado.  El mar al que una vuelve para mitigar sus incendios personales.

Llegará el día en que esta arteria rota sea tan sólo la imagen de nuestra hemorragia. Eso que no nos mata nos sepulta en vida.  Cementerio de fechas o algo así. Llegará el día… Entonces, mientras tanto:

 “Nunca me faça mal”

Imagen


Secreta Sábado

Esto que voy a decirle. Lo debe usted tomar como un secreto, que no debe expandirse  ni decirse  (como cualquier herida gangrenosa. Infecciosa y secreta)

Renuncié a la poesía.

Renuncié a la poesía como uno renuncia, o bien, renunciaría, al hijo al que no puede alimentar. Renuncié a la poesía porque no me quedaba nada que ofrecerle. Como uno renuncia a la ciudad de sus sueños. Como uno se rinde ante la brevedad de esto tan sublime. De esto tan largo.

Y si no me he largado de esta página es por vicio (y por vacío) y porque aún hay mar en otras partes, en algunos rostros. Porque usted es la es prueba irrefutable. Inmediata y presente. Desde cuando no estoy porque. Es tan difícil. Perseguir ese rastro de poema entre lápidas.

Vivo para escuchar. Lo que su cuerpo transpira. Para eso transpiro. Para oir

Como esta herida abierta y tan secreta que  no puedo cargar. Así como este amanecer. Que se anuncia  lejano. Como sin intenciones de partirse. Como este amanecer es mi tristeza. Y soy una infección que no debe de abrirse. De quemarme por dentro.

Solamente he sabido soportar lo  insoportable.  Renuncio a la poesía. Y no hay nada de cierto en todos ellos. Y no hay merito alguno en esta actividad tan ebria ¿sabe? No sabe porque es Sábado. Porque otra vez. Su nombre.  Se me hace presencia en las arterias,  tiene casi el compás de las gaviotas que emigran. Y le anuncian a una que es el fin.


La ella del los otros días

Stacy estuvo en esta habitación ayer como a la media noche. No sé quien es Stacy. Ni la recuerdo siquiera, salvo de ayer, como a la media noche que vino. Y me habló de una cosa que (ella dice) que yo llamaba mar. Mencionó un nombre, un tal… estoy tratando de recordar cómo era, ¿cómo era? ¿no te acuerdas? …rimaba con mar. ¡Creo que ya me acordé! Sí, dijo Darío y dijo mar. Ella se llamaba Star ¿o cómo?. Tenía una dulce imagen con cara de llamarse Star, digo, Stacy, pues es casi lo mismo. Aunque también pudo llamarse Lucrecia o Lorenza o Stephanie o Aída o Dixie. Pero a mí se me antojó que se llamara Stacy. Era negra. No del color de piel ni de sus ojos -negros- sino de su perfume sin color. Carbón de ácido y nítricos aromas con esencia de azufre. No tenían fondo sus ojos. Su resplandor opaco se mezclaba y fundía con esta opacidad. Dijo Darío y dijo mar. Dijo mar. Y dijo Darío. Su cuerpo era ruidoso como el de una campana, si-len-cio-so. Darío, dijo ella. Y no sé qué más dijo. Hasta que alguien llega y grita una palabra. Entonces, ella sonríe <y sale> por la ventana volando, rebotando y volando. Y vuelve al día siguiente vestida de teléfonos. Y todo se abre al día menos Darío. Menos el mar. Y nadie la recuerda, nadie la reconoce porque nunca la vieron. Y calla dos palabras. Dos inmensas palabras: calla Mar, y calla Darío. Y va a llamarse Stacy, aunque tampoco sea su nombre verdadero.