Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

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Ruido de sombra

Nada sino las sombras del domingo. Ruido de imágenes falsas. Ruido de domingos, A veces, la violencia con que las sombras se arrebatan el contraste. Pero de ti… ni rastro.

Tal parece, criatura, que te has extraviado en la ciudad. tal parece que has salido a caminar y de pronto, olvidaste por dónde habías llegado, o de dónde venías. De atrás, sí, ¿pero de dónde?

Qué triste debe ser (muy en el fondo) pronunciar tu apellido con la misma emoción con la que digo puerta, punto, escaleras, matemáticas… Las matemáticas son simples (y hermosas). Esta belleza es fría, dura, absoluta… como un número. Qué triste.

Ruido de sombras compactas. Ruido de sombras imposibles. Ruido de sombras. De ti nada. Porque quizá ya no eres una sombra. Quizá nunca lo fueras. Porque las sombras no existen. Tú, sin embargo, sí. ¿O no? ¿No eras tú quién decía?:

La ciudad es inmensa, me da miedo. Yo la conozco toda, desde el deshuesadero hasta la torre. desde el barrio más pobre del margen más remoto… hasta los sitios más inaccesibles y exclusivos. Yo conozco la suerte de sus túneles, sus caminos aéreos. Ésta es la ciudad de los contrastes. Y yo siento que un día voy a perderme aquí, que empezaré caminando y  seguiré caminando hasta no recordar de dónde vengo. Nadie podrá decir, a ciencia cierta, si me vieron pasar por esta calle, nadie sabrá que estuve, si es que estuve, esperando el camión en esta esquina. O dirán que me vieron deambulando, preguntando la hora  desde los parques, preguntando por ella en otro idioma… dirán que estuve, que avancé, que pasé…. sin ninguna certeza. Y ésa tendrá que ser toda la historia que se pueda contar de mi persona: “Se fue. Se la tragó la tierra.” Pero eso, todavía no ha sucedido.

Tal parece, criatura, que te hemos perdido en la ciudad.


Lo irrepetible

Cuando Darío era todavía el mar nadie tenía intenciones de olvidarlo. ¿Quién podía adivinar el olvido del mar? Ni pretenderlo siquiera.

Él era Marco, tenía veinteseis años -yo como veinte-, tocaba el saxofón, hablaba portugués, no fumaba, bebía vodka y ¡no se desmayaba! Canturreaba bajito. Cantaba una canción y dibujaba notas en un tiempo prestado para el tiempo: “A sua coisa é toda tão certa. Beleza esperta. Você me deixa a rua deserta. Quando atravessa. E não olha pra trás.”  Y yo sonreía fuerte con la virginidad en una mano y el corazón en llamas, en su coraza, ahogándose de amor, de mar, de él, de enero, de Darío. Ni siquiera recuerdo por qué lo llamé así. Él me llamaba Stephanie. Hubo un día que creímos que en verdad fuimos ellos. Y nosotros nadie.

Darío no era el mar. Hasta que lo fue.

“Letras e músicas. Todas as músicas. Que ainda hei de ouvir. No Abaeté. Areias e estrelas. Não são mais belas. Do que você

No importaba que a veces, en la noche, yo despertara inquieta y me pusiera a palpar esa humedad eufórica de las cortinas abiertas, volteando a todas partes: ¡Carlos!, ¡Carlos!, ¡Carlos!

No importaba que el único consuelo fuera esa foto suya con sus ojos tan grises y sus relojes suizos, y su nombre que ya no era su nombre: Darío, para el fin de los días,  y para lo que falte. Eran las tres de la mañana y me llamaba para decirme que pasaría por mí porque quería volar un papalote. Amanecer. Un río. Un papalote.  Estaba loco. Nunca vi la importancia de todas esas cosas hasta que se cansó de mi tristeza y decidió treparse en un Avianca (de verdad) sin siquiera decirmelo, ¿o sí lo hizo? No lo escuché, creo.  Escala en Bogotá para llevar los sueños a cruzar el Atlántico. Todavía me llamó como a las cuatro de la tarde imitando un acento colombiano medio falso -y medio combinado- para decirme “Bye, Stay, Bye, te quiero maja, te quiero… cuida al gato”. No teníamos gato. Ni vivíamos juntos. Vimos una película coreana que nos marcó la vida pero nunca supimos cómo la encontramos.  No teníamos ni gato ni gustos en común salvo la soledad que tanto compartimos  y la música vieja  que deshicimos juntos; salvo las noches que nunca completamos, salvo el tango y la trova brasileña; mi teclado y su sax,  mi guitarra y su voz,  y su vos. Recuerdo pianos y máscaras y mi acrofobia y su incurable obsesión por volar… volar… volar…

 Jamás le dije a nadie su nombre verdadero. Ni siquiera a mi propio corazón hasta hace seis minutos. Porque es tanto el dolor que me circula  adentro que mi mente prefiere convertir este instante de ira en reflexión, en ficción, en lo que sea. Menos en otro nombre verdadero, más si empieza con “E”. De ella. De Mayo.

Jamás tuve la dicha de escuchar en sus labios mi nombre verdadero. Entonces sí, yo lo hubiera querido para siempre. Porque sí. Para siempre. Es como una moneda que se devalúa con facilidad.

Un día nos compra todo el paraíso, la mirada más larga, la mentira más cierta. No sé si el mar también. Pensándolo mejor, un para siempre no puede ser tanto. Qué precio tan barato paga uno al adquirir su propio infierno personalizado. El mar no nos ahoga para siempre. Por eso le lloré muchas semanas, porque ése, su mar, merece ir y venir y crecer y crecer sin restriccion  ni aviso ni prepago.  Le escribí cien poemas “Para que no me olvides”  (cuando aún escribía) hasta que un día supe que el dolor se apartaba de la orilla. Volverá. Volvería.

Y sí volvió.

Esto que siempre /nos ataca de nuevo, /esto es /lo irrepetible. Olvido. Mar. Silencio. Aviones. Días. Mayo. Mayo. Mayo. Mayo.

Cometas.

Pero Darío no. Sí. Su imagen se ha ido para siempre. Pero su nombre siempre será el mar. La abundancia que expresa es el desorden del mundo, la armonía que nunca consiguieron las cosas. El tiempo que llevamos escondido en el párpado.  El mar al que una vuelve para mitigar sus incendios personales.

Llegará el día en que esta arteria rota sea tan sólo la imagen de nuestra hemorragia. Eso que no nos mata nos sepulta en vida.  Cementerio de fechas o algo así. Llegará el día… Entonces, mientras tanto:

 “Nunca me faça mal”

Imagen


Recuerdo

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Qué lejos te quedabas aquella madrugada. Lejos estabas tú,  y el desconocimiento tan cercano y potente que aún podía crecer adentro de una (vez). Grité tu nombre al viento sin saberlo. Qué lejos te quedabas, amor mío, a descifrar las cosas improbadas e impensables. Grite tu nombre que no fue tu nombre, odié mi vida desde aquella azotea a la que nunca más regresarán mis sueños. Callé tu libertad en contra de mi angustia, calle tu nombre roto contra la propia angustia de mi propio cuerpo. Y la noche pasó. El tiempo se detuvo para verme morir.

Estabas lejos, sueño,  lejos y tan profundo como la verdad misma, ardiente en los secretos de otra garganta. Quizá fue la pregunta, tal vez fuera un suspiro… tal vez nada.


Metonimia del caos infinito

.
Todo es angustia
la oscuridad austera
de la cama es angustia
y todas las figuras son para esta noche

la invención colectiva de la sombra de Aída
el delirio inducido sobre la faz
de Aída
la memoria revuelta de sus muertes

Todo es grito
la amapola bordada
de faroles y atómos
es grito
la estampida de gritos
desde la calle es grito

“Y yo no tengo prisa
por morir”  Es grito

y la angustia bordada
de oscuridad es grito

y revuelve a ser grito

Y la alcoba bordada
de alfileres
es más

que una palabra más y callaré por siempre.

Publicado: 31 de enero de 2012 a las 02:17