Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

Poemas en prosa

Ruido de sombra

Nada sino las sombras del domingo. Ruido de imágenes falsas. Ruido de domingos, A veces, la violencia con que las sombras se arrebatan el contraste. Pero de ti… ni rastro.

Tal parece, criatura, que te has extraviado en la ciudad. tal parece que has salido a caminar y de pronto, olvidaste por dónde habías llegado, o de dónde venías. De atrás, sí, ¿pero de dónde?

Qué triste debe ser (muy en el fondo) pronunciar tu apellido con la misma emoción con la que digo puerta, punto, escaleras, matemáticas… Las matemáticas son simples (y hermosas). Esta belleza es fría, dura, absoluta… como un número. Qué triste.

Ruido de sombras compactas. Ruido de sombras imposibles. Ruido de sombras. De ti nada. Porque quizá ya no eres una sombra. Quizá nunca lo fueras. Porque las sombras no existen. Tú, sin embargo, sí. ¿O no? ¿No eras tú quién decía?:

La ciudad es inmensa, me da miedo. Yo la conozco toda, desde el deshuesadero hasta la torre. desde el barrio más pobre del margen más remoto… hasta los sitios más inaccesibles y exclusivos. Yo conozco la suerte de sus túneles, sus caminos aéreos. Ésta es la ciudad de los contrastes. Y yo siento que un día voy a perderme aquí, que empezaré caminando y  seguiré caminando hasta no recordar de dónde vengo. Nadie podrá decir, a ciencia cierta, si me vieron pasar por esta calle, nadie sabrá que estuve, si es que estuve, esperando el camión en esta esquina. O dirán que me vieron deambulando, preguntando la hora  desde los parques, preguntando por ella en otro idioma… dirán que estuve, que avancé, que pasé…. sin ninguna certeza. Y ésa tendrá que ser toda la historia que se pueda contar de mi persona: “Se fue. Se la tragó la tierra.” Pero eso, todavía no ha sucedido.

Tal parece, criatura, que te hemos perdido en la ciudad.

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Lo irreconciliable

Carlos, si en algún hemisferio de este basto infinito te encontrases mi alma, por favor, recuérdale lo mucho que te amé. Lo que vieron mis manos cuando abriste las tuyas. Convéncela de que hubo antecedente,  que hubo tanta vida para tanta muerte. Recuerdame lo mucho que te amé.

Quiero que seas testigo de mi última explosión. Perdóname.

Quiero que quedes libre de mi apéndice.

Si encontrases mi alma, o sus pedazos, por favor, reúnela, recógela. Que se coman los ecos su epidermis, pero que nunca lo sepa. Y permítele entrar, o salir, lo que sea, cuando sea. Mientras se pueda, dile. Dile que se acabaron de exprimir las ciudades, dile que terminaron de quemarse los barcos, sus reliquias, sus puentes, sus ruinas y sus triángulos. Dile que es tiempo, dile que es necesario. Recuérdale lo mucho que te amé.

¡Carlos! El amor  verdadero tiene nombre. El amor tiene un nombre verdadero. El amor y su único pronombre.

Tú, nada más y tú, lo único que pude rescatar de esta hendidura, liberándote.

Tú, toda luz, y toda oscuridad, en un solo poema: Lo irreconciliable.

Madame X


Lo inefable

Si permites que el odio crezca en el corazón de la persona que amas, entonces no la amas. Entonces no me amaba. Bien.  Dilema resuelto.

Llovieron enes y emes toda la noche. La garganta se seca pero es por la ceniza del volcán en su alerta amarilla. Sin amor no hay infierno.

Aída Nielsen D. murió viendo las nubes de Québec una mañana de marzo de 2012. Sus ojos se dibujan como dos lunas claras. eclipsadas por su iris tornasol, y uno de mis recuerdos ondulantes, rota ella, roto todo lo que nos era personal y conocido, le escribí una canción que no pude cantarle. Recuerdo los momentos de su muerte y su estatura antigua. Ella empezó a morir a los dieciocho años. Ella me quiso, no sé por qué.

Ella me quiso. No sé si fue su nombre verdadero. Porque de muchas vidas la recuerdo ahora. Porque no la recuerdo. Yo veía en su forma de bailar a una niña prohibida de labios tan azules. Se los pintaba de rojo con tintura vegetal. Me decía que los labiales industriales tenían plomo pero no me importaba. Si alguien, alguna vez, mereció mi sonrisa, ese alguien fue Aída. Nada más.

Siguen lloviendo enes y no puedo llorar. No puedo escribirle como si aún viviera y me leyera la mente, los párpados. No creo que le alegrase mi anorexia y mi obsesión por E.

No me cuadran las fechas ni los nombres. Nunca me interesaron las fechas, pero siempre me fijo demasiado en los nombres. No es que olvide cumpleaños, novenarios y bodas, me dan exactamente igual que otros días. Pasé el aniversario de la muerte de Aída recogiendo pedazos de mi alma. Resistiendo la ira de mi carne. Me saludaban tantas despedidas que en un instante, ah… ¿cómo llegaste?, ¿a dónde te has perdido?  Su cuerpo está de más cuando NO es lo que era. Caderas en cadena delicada, tan díficil, tan frágil, el cabello color ajonjolí y esas manos. Esas manos que atan como un torniquete, como un listón en forma de regalo. Su cuerpo, la pregunta que se abre a la noche. Su cuerpo ya no es la mirada que persuade, o la risa que vence. A veces también polvo. Ni siquiera polvo. No quiero hablar de muerte si no es mi propia muerte la que pongo en el plato. Aída no merece estas palabras. Ella siempre fue dulce y soñadora. Creció,  creció en mis manos como una caricia que se deja en la espalda del hombre que amas. Aída, mirada que se guarda. Mirada verde.

Si de verdad lo amas, no lo ames así.

No recuerdo las fechas. Haz de cada momento tu momento, decía, y yo leía en sus manos que podía ser real.

A Aída no la mató el cáncer. A mí no va a matarme el cáncer ni la anorexia ni el amor vedado. Será la vida la que acabe conmigo. Tarde o más tarde. Será la vida la que nos reúna. A ella. A mí. A las otras mujeres que no fuimos. Será la vida. Y este último golpe  lo que nos compacte.


Lo evidente

Quiero decir que lo amo mientras ese demonio tragavoces se entretiene en los parques seduciendo a la hija del sepulturero, digo, del cerrajero. No le dará la llave del tesoro, pero qué nos importa. Quiero decir, decirle que lo amo mientras me queda un gramo de ternura en el cuerpo, que haga nidos aquí su indiferencia. Porque será lo último que reciba de él.

Pongo en esta charola mis sueños desnutridos, abran todas las puertas y que vengan, las aves de carroña. Es tiempo, sí. Pobres perros sin dueño, y qué felices. Pobres niños hambrientos que sacudían estrellas en las plazas, ¿cómo podían gritar con la garganta seca?, ¿cómo podían pensar con sus estómagos desiertos? Nadie puede soñar con el corazón roto. Por eso tú. Ve, mi pequeña arpía, corre a decirle algo importantísimo. No le digas que estoy, no le cuentes de mí. No le susurres nada.

Aída, pequeña lápida, no me pongas tu piel hasta que el hambre vuelva a desmayarme. No repitas su nombre si no estoy borracha.