Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

Escena Veintisiete

Estoy parada frente a una enorme ventana contemplando la noche. La luz tenue azulada penetra las cortinas, me hipnotiza. Me hipnotiza pensarte, imaginarte, presentirte venir. Y tú llegas de la calle, traes el frío de la ciudad adherido a las ropas. Y te acercas despacio. Y colocas tu mentón sobre uno de mis hombros descubiertos y me dices algo, al oído, no sé qué. Y yo siento tu aliento sobre mi cuello, tu pecho contra mi espalda, tus brazos que me ciñen, tus manos extendidas sobre mi vientre, mis senos, mi vientre, mis muslos. Y de pronto me giras hacia ti. Me tomas por la cintura y me levantas. Me tomas en tus brazos y me llevas lejos. Y te quedas tendido sobre mi. Y me besas. Las mejillas,  la frente, la nariz me besas. Y yo beso tu cuello. Beso tus labios. Te beso. Y juego con el lóbulo derecho de tu oreja y te digo, en secreto, una plegaria. Una palabra, quizá dos, dos palabras.

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