Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

A la hora sin hora

Siento un escalofrío y una culpa ciega. A la hora sin hora. Como cuando no puedes contemplar, ni siquiera la imagen del crimen perpetuado. Como cuando te caen, del cielo, tus mentiras. Como cuando descubres la nueva oscuridad que avanza en tu interior, consumiéndote a gajos. La risa por un orden, la tarde por la tarde.
Navajas. Navajas que te acoplan a la vida que viene. SI es que viene. Todo tu ser es nada más un utensilio del vacío. Pero ya no importa.

Ése fue un día de ayuno y lluvia, Aída, naturalmente. Te contaré como si hubieras sido tú. Estancia, permanencia. Era como en un sueño de poesía hecho carne, de canción hecho música. Pudiste ser tú misma.

Tú la que está consciente de todo lo que pasa, tú la que tiembla en el deseo de estarlo, pero en otras aguas, lejanas, de otro océano. Y sonríes y sangras, y las heridas sangran tan adentro tuyo, como si se extendieran desde tu alma, al himen perforado. Y cuando todo acaba, basta, un murmullo que llega desde la realidad, con la certeza de que tanto dolor es el presagio de una cosa más amplia, como la vida misma, un algo que se extiende de una orilla a otra diseñando periplos y retornos. Nadie limpió mi cuerpo de tanto odio, ni siquiera ha tenido que mentirme, ni siquiera ha tenido que quererme. Yo tampoco lo amo, todavía. Busqué sus ojos en la oscuridad. Estaba desnudo, ligero, parecía un vaho. Se oponía al rigor del abanico y a su ruido monótono. Blanco, desconcertado. Yo tenía una sonrisa en el rostro. Una sonrisa que no se me ha quitado desde hace una semana. Una sonrisa que no comprendo, que pertenece a una veracidad que todavía no llega, o no termina de irse del sitio equivocado.

Me gustaría escribirte una verdadera carta, una que pudieras leer sólo tú misma, sin demasiadas metáforas. Sin demasiados ojos haciendo interferencia. De mi sinceridad a tu paciencia, hay demonios que tuercen el mensaje. Aída, princesita estóica. ¿en dónde está tu tumba pa´enterrar este llanto? ¿Qué hago con tanta lágrima que ni asomarse puede? ¿y con esta sonrisa que no me pertenece?

Olvidé los detalles en la memoria del tacto renovado. Olvidé la textura de su piel. Un niño, la piel levísima, lisísima, los ojos claros, el calor de su boca. Esa boca, tan trágica. Presiento que todo es un instante. Pero no me importa. No he pedido palabras. No me interesan sus palabras. Su instante basta, aunque no dure para siempre. Nos hemos liberado de las metonimias. Nos hemos liberado del hipérbaton.

Muere una virgen. Nace un demonio. Y sobre el mismo cuerpo las angustias se rompen. No hay lágrima ni figura. No hay arrepentimiento. Tampoco soledad. Una caricia puede consolarlo todo. Pero ninguna dura para siempre. Ni siquiera un siglo.

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2 comentarios

  1. Demasiada metàfora nos confunde…

    29 junio, 2013 en 17:48

  2. Noir Escritos

    Srta: a partir de ahora la seguimos.
    Muchas gracias por compartir.
    Felinos saludos.

    27 julio, 2014 en 9:29

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