Noches acústicas. Escribo mientras se termina de secar mi alma

Lo inefable

Si permites que el odio crezca en el corazón de la persona que amas, entonces no la amas. Entonces no me amaba. Bien.  Dilema resuelto.

Llovieron enes y emes toda la noche. La garganta se seca pero es por la ceniza del volcán en su alerta amarilla. Sin amor no hay infierno.

Aída Nielsen D. murió viendo las nubes de Québec una mañana de marzo de 2012. Sus ojos se dibujan como dos lunas claras. eclipsadas por su iris tornasol, y uno de mis recuerdos ondulantes, rota ella, roto todo lo que nos era personal y conocido, le escribí una canción que no pude cantarle. Recuerdo los momentos de su muerte y su estatura antigua. Ella empezó a morir a los dieciocho años. Ella me quiso, no sé por qué.

Ella me quiso. No sé si fue su nombre verdadero. Porque de muchas vidas la recuerdo ahora. Porque no la recuerdo. Yo veía en su forma de bailar a una niña prohibida de labios tan azules. Se los pintaba de rojo con tintura vegetal. Me decía que los labiales industriales tenían plomo pero no me importaba. Si alguien, alguna vez, mereció mi sonrisa, ese alguien fue Aída. Nada más.

Siguen lloviendo enes y no puedo llorar. No puedo escribirle como si aún viviera y me leyera la mente, los párpados. No creo que le alegrase mi anorexia y mi obsesión por E.

No me cuadran las fechas ni los nombres. Nunca me interesaron las fechas, pero siempre me fijo demasiado en los nombres. No es que olvide cumpleaños, novenarios y bodas, me dan exactamente igual que otros días. Pasé el aniversario de la muerte de Aída recogiendo pedazos de mi alma. Resistiendo la ira de mi carne. Me saludaban tantas despedidas que en un instante, ah… ¿cómo llegaste?, ¿a dónde te has perdido?  Su cuerpo está de más cuando NO es lo que era. Caderas en cadena delicada, tan díficil, tan frágil, el cabello color ajonjolí y esas manos. Esas manos que atan como un torniquete, como un listón en forma de regalo. Su cuerpo, la pregunta que se abre a la noche. Su cuerpo ya no es la mirada que persuade, o la risa que vence. A veces también polvo. Ni siquiera polvo. No quiero hablar de muerte si no es mi propia muerte la que pongo en el plato. Aída no merece estas palabras. Ella siempre fue dulce y soñadora. Creció,  creció en mis manos como una caricia que se deja en la espalda del hombre que amas. Aída, mirada que se guarda. Mirada verde.

Si de verdad lo amas, no lo ames así.

No recuerdo las fechas. Haz de cada momento tu momento, decía, y yo leía en sus manos que podía ser real.

A Aída no la mató el cáncer. A mí no va a matarme el cáncer ni la anorexia ni el amor vedado. Será la vida la que acabe conmigo. Tarde o más tarde. Será la vida la que nos reúna. A ella. A mí. A las otras mujeres que no fuimos. Será la vida. Y este último golpe  lo que nos compacte.

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